DÍAS DE LA HISTORIA

“Cuándo se jodió el Perú, Zavalita?” se pregunta al comienzo de Conversación en La Catedral de Vargas Llosa. ¿Cuándo ocurrió en Venezuela?

El 4 de febrero de 1992, hace 25 años. Ese día lanzó a la fama a un teniente coronel desconocido hasta entonces, quien resultó ser el líder del golpe de Estado, el único de sus comandantes que fracasó militarmente. Y una democracia que no era tan mala como tantos creían, comenzó un lento suicidio que llevó al poder al Comandante Eterno.

A quienes trabajaban con el Presidente Pérez ese día le impresionaron dos cosas: la tanqueta que se estrellaba una y otra vez contra las puertas del Palacio Blanco y la simpatía que tanta gente, incluidos demócratas muy cultivados, sintió de inmediato por los golpistas; sobre todo por los tres comandantes. Quienes vivieron de cerca esos días se asombraron de la incompetencia militar de los alzados, derrotados rápidamente, especialmente en Caracas.

Esa ineptitud encontró expresión inolvidable en los oficiales que tomaron una tanqueta y en su desesperación la enfilaron varias veces contra las rejas, destruyéndolas porque no cabía. La tanqueta, el batiburrillo de foquismo y nueva trova que inspiraba a los rebeldes, produjeron pánico en quienes sabían lo compleja y sofisticada que era Venezuela y la imaginaron en manos de estos improvisados. Cuando un año después el presidente Pérez salía de Miraflores como desenlace, uno de sus ministros dijo a sus colaboradores más cercanos: “ahora, la barbarie”.

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Luego, el frenesí que se apoderó de tantos, excitación inexplicable ante unos oficiales traidores a su juramento. La rebelión de los ángeles se convirtió en el best-seller de la época, para perplejidad de quienes esperaban que siete lustros de democracia hubieran dejado alguna huella. Un suicidio que terminó entregando el país a lo que ya queda confirmada como la peor clase política de la historia venezolana.

Algunos, la sensación de hace ya tantos años es que muy pocos, dijeron entonces que esta emoción por un gobierno militar no iba a traer nada bueno. Sólo una riqueza petrolera mayor a la recibida en todo el siglo XX prolongó el gobierno de la tanqueta por más de tres lustros.

Hoy, a una cuadra del Palacio Blanco, familias enteras comen basura como muestra de soberanía alimentaria.

 

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