ENTRE LA BASURA Y EL CARNET
“LA BASURA ES DE TODOS”

I

Antes era distinto. Hablábamos de ella de otra manera. Nos quejábamos de que teníamos un país sucio, con montañas de desechos por todos lados y culpábamos a las autoridades competentes por no tener suficientes camiones ni rellenos sanitarios, además de carecer de la disciplina burocrática requerida para la prestación eficiente de un servicio que lucía elemental. Lamentábamos, así mismo, la precaria educación cívica, consecuencia, era el diagnóstico más a la mano, de nuestro poco sentido de la vida en común. Y, también, era ocasión para preguntarnos por qué en Venezuela no se reciclaba como se hace en otros países, abriendo el paso una actividad económica prometedora. En torno a estos temas, no sé si alguno más, transcurrían nuestras preocupaciones y chácharas sobre la basura.

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Pero las cosas han cambiado. Ahora nuestras inquietudes son principalmente otras. Y como no van a serlas, por Dios, si se estima que la comida diaria de alrededor del diez por ciento de los venezolanos proviene de los desperdicios depositados en las bolsas colocadas en la calle, a la espera de que lleguen los vehículos del aseo urbano a recogerlas. Diez por ciento, digo, es decir, tres millones de personas, un dato estadístico frío detrás del que se encuentra una tragedia humana, que miramos con displicencia, sin reparar como se nos va volviendo parte indisoluble de nuestro tejido colectivo.

II

En Venezuela hay, pues, que resignificar la basura. Esta implica ahora a familias organizadas, inclusive con los niños, repartiéndose tareas y espacios para recogerla e ir aprendiendo en donde se ubica la “mejor”. Igualmente, ha dado lugar en ciertos lugares a gestos compasivos orientados a clasificar los sobrantes antes de deshacerse de ellos, colocando en paquetes más o menos distinguibles los que se encuentren en condiciones más “aceptables”. Mientras, en otras partes, se trata, por el contrario, de impedir el acceso a los depósitos, alegando el reguero de desperdicios que queda en el sitio. Y dentro de este cuadro no podía faltar esa visión sociológica, construida a pepa de ojo y más generalizada de lo que imaginamos, según la cual quienes tratan de proveerse la alimentación del día a través de la basura son “gente floja que no busca empleo porque no quiera trabajar”.

Resignificar la basura, reitero. Mirar, así pues, cómo ha dado lugar a la formación de pandillas que toman a la fuerza ciertas zonas, en una suerte de proceso de privatización, y ver entonces, por ejemplo, en una esquina del este de Caracas, a un joven hurgando en un envoltorio repleto de sobras y que alguien, presumiblemente armado, se le aproxime y le advierta con autoridad que “esta zona ya está reservada por nosotros, tú no puedes estar aquí”, al tiempo de que el joven amenazado esconde el miedo como puede y le grita que “la basura es de todos”, frase que versiona en modo caricatura, una de las consignas más distintivas y poderosas de los últimos diez y ocho años. Enterarse, por otra parte, de que en algunos mercados populares hay quienes se dedican a seleccionar lo “mejor” de la basura, guardarla en pequeñas bolsitas y venderlas, en lo que pudiera ser una expresión paradójica del capitalismo dentro del socialismo del siglo XXI. O, en fin, ser testigo de una escena espantosa en la que un grupo de chamitos y algunos perros, a veces con la presencia de unos cuantos gatos, se disputan los residuos de un “conteiner”.

Resignificar la basura, pues. Considerarla como el medio de subsistencia para muchos venezolanos.

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III

Así, sin darnos cuenta, cobra forma un grave fenómeno social. Mientras tanto el gobierno no dice ni pío y apenas asoma la idea de “carnetizar” a la población para permitirle el acceso controlado a la comida. Sigue en su afán de desdeñar la realidad y se refugia en el verbo frondoso de la revolución –manteniéndola impresentable tesis de la “guerra económica”– , trata de adivinar cuál diablos debe ser su posición frente a Donald Trump, se inventa a Fabricio Ojeda como prócer chavista, convierte a Zamora en un socialista que no sabía que era socialista, prohíbe hablar mal de Chávez (¡!) y, lo más sustancioso de todo, trata de evitar a toda costa cualquier tipo de elección, esperando que desde las encuestas algún día soplen vientos más favorables y contando, además, con que la oposición siga en su despiste de los últimos tiempos.

En suma, en el radar oficial brillan por su ausencia tres millones de venezolanos, cuya cotidianidad transcurre junto a un pipote de desperdicios, siendo ésta la parte más visible, apenas, de un peligroso desacomodo social que, sin exagerar, adquiere visos de barbarie. ¿Cuantos más deberán ser, se pregunta cualquiera con sólo un poquito de sensibilidad, para que el país mire lo que está ocurriendo y se prendan todas las alarmas?

 
Ignacio Avalos GutierrezIgnacio Avalos Gutierrez

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