POR MENOS DE ESTO…

Los militares venezolanos saltaron en febrero de 1992 contra la institucionalidad y ese mismo año le metieron otro manotazo a la Constitución en noviembre. ¿La razón?  Según dijeron después de los golpes de Estado fallidos y mientras estuvieron en cárceles tratados como embajadores del plomo con todos los derechos cuidados y resguardados, su intención fue adecentar a Venezuela, eliminar la corrupción, lograr la justicia social plena, barrer con la pobreza, poner la punta del carro rumbo al desarrollo, construir un mejor futuro para todos.

No era verdad. Lo que hicieron fue tomar el poder más adelante, disfrazados de demócratas, quitar intermediarios y meterle mano de manera directa al tesoro de la nación. Ahora tenemos un país quebrado, lleno de pobres por sus cuatro puntos cardinales y un grupito cívico-militar rico, inmensamente rico. Son los dueños del país. En todos los sentidos.

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18 años montados en el coroto. De la promesa inicial y de las cruentas plomazones de uniforme, pasando por niños disfrazados de militares golpistas en Carnaval; y empresarios, editores, académicos, periodistas y líderes sociales enloquecidos y absolutamente enamorados de los nuevos falsos héroes, veamos lo que quedó.

Venezuela es actualmente la nación líder en varias cosas: la más pobre, ya le ganó a Haití. La más corrupta. La más opaca. La más insegura. La de menos garantías para inversionistas. La de menos futuro para los jóvenes. La de menos libertades. La que más viola los derechos de los ciudadanos. La más violenta. La de los líderes más cuestionados local y mundialmente. El país donde ha crecido más el narcotráfico y los negocios turbios. El país donde Odebrecht, la empresa brasileña líder de la podredumbre mundial, hizo la mayor inversión en corruptelas y pagos a funcionarios chavistas. Y no se han cansado.

La obra va por aquí. El bolívar vale tanto a nivel mundial que sirve como base para falsificar otras unidades monetarias. Los billetes los contrabandean como droga. Salen del país en camiones sin que se entere ni siquiera el más vivo de los guardias nacionales que vigilan las fronteras. Las policías y los militares no tienen la confianza de la población. Al contrario, a la autoridad se le teme en todos los rincones. Destruyeron la economía del país. Y siguen. Dinamitaron la capacidad adquisitiva de los venezolanos, masacraron sus empleos, liquidaron la dignidad de los pobres. A más pobreza, más colas. A más pobreza, más gente disputándole la comida a los perros en los basureros de la calle. Han colocado la imagen de Venezuela en los extremos más oscuros: de narcotraficantes a torturadores, de maulas a tramposos, de embusteros a no confiables. No hay inversionista en el mundo que quiera meter sus reales en Venezuela. Y los países que lo hacen se matan por petróleo o diamantes, oro o materias primas. Nada más. Convirtieron las calles en un escenario de película de terror: sucias, desiertas, negocios quebrados, prostitutas y prostitutos, vendedores de drogas, gente sacando sobras de la basura, personas orinando en cualquier esquina. Eso es un escenario normal en la Venezuela revolucionaria.

Pusieron a correr a los jóvenes. La gran mayoría piensa en su mejor futuro bien lejos de Venezuela, lejos del chavismo y los cubanos. La desesperanza compite con los huecos de las calles. La irresponsabilidad es la norma. Por ejemplo, la cómica del gobierno chavista con los billetes de cien. Y hay más, pero abruma. Así que paremos.

Por menos de esto pasó lo de 1992. Pero ocurre que los violadores de la Constitución están en el poder. No en otra parte.

 
Elides J. Rojas L.Elides J. Rojas L.

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