POR SIEMPRE

salto-angel

Votaron por él y ahora andan arrepentidos.

Lo malo del inicio lo recordamos todos, pero lo peor vino después, cuando comenzamos a creer que el novato presidente y su camarilla golpista eran ineptos, incapaces de gobernar a un país que había visto alternarse regímenes dictatoriales y gobiernos democráticos en ciento y pico de años de historia y trataba de sobrevivir luego de cuarenta años de una democracia que se iba agotando por la politiquería y las manipulaciones de gobernantes, que poco a poco se habían ido olvidando del pueblo y se volcaban cada vez más hacia un mundo interior de intrigas y zancadillas, procurando alzarse con el poder por sí mismo, sin vocación de servicio ni honestidad en el manejo de los fondos públicos.

Ingenuos que fuimos. Acostumbrados y tolerantes a los actos dolosos de unos ladronzuelos que sisaban unos cuantos dólares de la renta petrolera, no nos imaginamos que tras tricolores bastidores se preparaba el escenario para el más gigantesco asalto a las riquezas de Venezuela, jamás comparable con las sustracciones de Guzmán Blanco, Gómez o Pérez Jiménez con sus respectivas cortes.

Todo fue preparándose al más puro estilo de Stalin o de Fidel, este último aventajado alumno del primero: arruinar la producción nacional en todas sus formas mediante la expropiación de todas las empresas nacionales que aportaran bienes y servicios, y crear situaciones que obligaran a las transnacionales a irse del país; expropiar las tierras productivas en manos de particulares que sí saben de cultivos y ganadería; y acabar con todo lo que generara servicios de calidad y diera empleos que no dependan de la generosidad del estado. Y así, crear una situación de desabastecimiento, hambre y pobreza, que justificara la importación de todo.

De esa manera, los jerarcas del régimen y sus interpuestos y testaferros podrían comprar, con dólares preferenciales -que sólo a ellos les serían otorgados- los alimentos, medicinas y demás bienes que el país hoy pide a gritos. Los que no se pudrieran en el camino, o caducaran, serían vendidos a los depauperados venezolanos con ganancias suficientes como para abultar cuentas bancarias, comprar lujosos inmuebles en el exterior y derrochar dólares y euros en francachelas y festines en los mejores hoteles y restaurantes de París, Madrid o Londres, lejos de la mirada de sus paisanos.

A pesar del altísimo rechazo de la población, no parece haber sido debidamente canalizado el descontento hacia acciones que permitan una salida institucional, democrática y sobre todo pacífica, de la grave crisis provocada adrede por el chavismo.

Hay que retornar a la democracia, pero los que se autoproclaman “líderes” no parecen convencernos; falta uno verdadero.

Un líder que diga “por siempre” en lugar de “por ahora”.

** Como en ocasiones anteriores, esta semana cedemos nuestro espacio editorial a una columna de especial interés.

 

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