RUSIA HA VUELTO AL GRAN JUEGO

El país que ganó las grandes batallas ideológicas, militares, económicas y culturales del siglo pasado emite ahora señales contradictorias. Pero que nadie redacte obituarios prematuros sobre la primera potencia del mundo que sobresale en los campos de la innovación, el saber y la vitalidad económica.

La impetuosa campaña tuitera de Donald Trump ha proseguido hasta el día de hoy causando desconcierto en el mundo pero, sobre todo, en su entorno más próximo. El disparo matutino de mensajes cortos está alarmando a la gran maquinaria funcionarial y burocrática de Washington y a las mentes más lúcidas del establishment académico.

Trump ha rectificado con respecto a Pekín y ha señalado que sólo hay una China. Ha hecho comentarios ambiguos a Benjamín Netanyahu sobre los asentamientos israelíes en los territorios ocupados y su desprecio hacia los mexicanos lo tendrá que revisar por razones humanitarias y también por conveniencias económicas. La visita del primer ministro Justin Trudeau a Washington no ha sido un encuentro marcado por las viejas alianzas con Canadá, sino un pulso civilizado entre dos líderes vecinos que tienen una visión contrapuesta sobre el trato a los extranjeros. Trudeau abre las puertas y Trump levanta muros.

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Son algunos de sus propios colaboradores los que le han hecho ver que un país de aquellas enormes dimensiones no se puede gobernar como el que dirige una empresa. Los estudios demoscópicos de las elecciones indican que los que votaron por Trump tienen una media de 57 años de edad, casi nueve de cada diez son blancos y la mayoría no tiene educación universitaria. No ha ganado en ninguna de las ciudades de más de doscientos mil habitantes. El cuadro sociológico del país real muestra que la media de edad es de 38 años, la juventud cursa estudios superiores en grandes proporciones y una tercera parte de los norteamericanos no son blancos en el sentido supremacista empleado en la campaña.

Pero quizás el error de cálculo que ha cometido la incipiente presidencia es haber dado a entender que Vladímir Putin era un buen amigo y Rusia se podría convertir en un aliado fiable. Más de ochenta años de rivalidad política y estratégica con el Kremlin no se borran con cuatro tuits.

Hay evidencias de los servicios de inteligencia norteamericanos de que Rusia intervino con piratas informáticos en la campaña de Hillary Clinton. Francia, Alemania y Holanda se encuentran en estado de alerta por temor a la piratería informática rusa a favor del candidato que más le convenga a Vladímir Putin.

El ajedrecista

Pero Putin, quien fuera espía en la RDA (Alemania del Este) en los tiempos de la guerra fría, valora los temas de la seguridad nacional. Desde este escándalo denunciado por la propia CIA, el presidente ruso ha purgado a varios agentes de seguridad acusados de traición, seguramente en busca de un posible topo cibernético. Un alto funcionario del Kremlin fue encontrado muerto, oficialmente por un ataque al corazón.

Rusia se ha visto envuelta por siglos en la misteriosa desaparición de personalidades emblemáticas. Los historiadores todavía discuten sobre el uso del veneno en la muerte de Iván el Terrible en 1584, la de Rasputín en 1916 o la de Maxim Gorki en 1936. Stalin no solía recurrir al veneno, simplemente liquidaba a quien le parecía. La orden de matar a Trotski tardó tres años en ejecutarse en México con el piolet de Ramón Mercader.

El tema más serio de su primer mes de mandato es posiblemente el cambio de códigos diplomáticos con Moscú. Su consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, un teniente general retirado, no ha durado ni un mes en el cargo. Fue destituido el lunes por la noche por haber hablado con el embajador ruso en Washington, al que supuestamente le había prometido que se reducirían las sanciones a Rusia impuestas por Europa y EE.UU. tras la anexión de Crimea. La conversación se produjo mientras Barack Obama estaba en la Casa Blanca. Flynn es la primera baja del equipo del flamante presidente. Ha caído por la banalidad tuitera de Trump en sus relaciones y connivencias con el Kremlin.

Putin ha sabido mover los hilos en un mundo convulso y cambiante. Piensa como un ajedrecista, mientras que Trump juega al póquer con sus tuits. Sigue la tradición de los autócratas y modernizadores Pedro el Grande y Catalina la Grande, quienes situaron al país en el centro de las decisiones políticas internacionales hasta hoy. Putin ha recuperado el protagonismo internacional y se ha cobrado la primera víctima en el desconcertante Washington de Trump.

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