LA ISLA CALAVERA, EL NUEVO CAOS Y MITO DE KING KONG

Jordan Charles Vogt-Roberts coloca el mito de King Kong en un extraño lugar entre el caos, la fascinación y el más culpable de los placeres

LUIS MARTÍNEZ

Cuando Max llegó al lugar en el que viven los monstruos, según el relato clásico de Maurice Sendak, éstos le recibieron “con horribles rugidos y crujieron sus afilados dientes y lo miraron con ojos centelleantes y le mostraron sus terribles garras”. Pero el pasmo duró poco. A Max le bastó “el truco mágico” de mirar fijamente a los ojos. Al fin y al cabo, un monstruo, y King Kong no es más que eso, es por definición un ser salvajemente indefenso; un solitario incomprendido entregado a difícil tarea de ordenar el mundo. Violento y desvalido. Voraz y enamoradizo. Por siempre adolescente. Jordan Vogt-Roberts (director antes conocido -o no tanto- por la brillante epopeya adolescente Los reyes del verano y por sus trabajos en lugares tan diversos como las webseries o la stand-up comedy) se atreve a repoblar y releer la mitología de la criatura más salvajemente cinematográfica que ha tocado una pantalla y, fiel a Sendak, lo doma. Basta mirar a los ojos.

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Director: Jordan Vogt-Roberts Productores: Legendary Pictures Guionistas: Dan Gilroy, John Gatins, Derek Connolly, Max Borenstein Actores: Samuel L. Jackson, Toby Kebbell, Tom Hiddleston, Brie Larson Género: Acción, Aventura, Fantasía País: Estados Unidos Duración: 68 min. Año: 2017 Titulo Original: Kong: Skull Island

Kong. La isla calavera huye del homenaje con la misma voluntad con la que se mantiene fiel a los principios fundacionales del tótem. Irrita con la misma energía que enamora. Lejos de la devoción mostrada por Peter Jackson en su remake, la idea ahora es trasladar a la bestia a un ecosistema fundamentalmente extraño. No se trata de hacer viajar a Kong desde su tierra inviolada al asfalto de Nueva York; desde la inocencia del salvaje a la culpabilidad del civilizado. El mito a explicitar en esta película no es tanto el del paraíso perdido como el del planeta (todo él) herido.

Estamos a mediados de los 70 justo en el momento en el que la mayor y más bestial potencia del mundo es vencida por un ejército de campesinos. La guerra del Vietnam, a su modo, está ahí para refutar la ensoñación de que tras la Segunda Guerra Mundial llegaba simplemente el progreso. Y la democracia. Pues bien, un grupo de exploradores, soldados, mercenarios y científicos se congrega con la muy atrabiliaria intención de curar viejas heridas. Cada uno las suyas. Unos buscan dar con el ogro de sus desgracias, otros descubrir al Leviatán que les come por dentro, otros cumplen órdenes y los últimos se conforman con hacer fortuna. Su objetivo es llegar al último rincón sin mapa del planeta.

Por allí pululan, un galán de otro tiempo como Tom Hiddleston; una heroína febril y pecosa que en el cuerpo de Brie Larson se niega acertadamente al papel de damisela sumisa ante el empuje animal, y, el mejor de todos, un Samuel L. Jackson en el traje de coronel Kurt obcecado en su particular viaje equinoccial al fondo de sus más oscuras tinieblas. Las del alma. Es así. El momento de intimidad entre el gorila y la dama, brillante. Por pudoroso. Estamos en un reino en el que Kong es majestad no por déspota sino por ecuánime. Su poder consiste en proteger, que no martirizar, a los humanos que allí pisan. Y todo ello en un equilibrio altamente inestable que, obviamente, romperán los recién llegados.

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Con este presupuesto, el director se las arregla para componer una fábula caótica donde literalmente cabe todo. Desde el cine bélico a la simple comedia pasando por un muy tupido tapiz de referencias cruzadas (las citas a Apocalypse now se trenzan con las de Jurassic Park sin renunciar al divino disparate de Miss Saigon), la estrategia consiste en no respirar.

Pues bien, es esa sensación de completa arbitrariedad la que mantiene en pie una película diseñada desde el primer fotograma para convertirse en el mayor placer culpable del año. La memoria de Kong, del mito, es literalmente masacrada, mancillada, exterminada incluso. Pero, y esto es lo relevante, con una irreverencia y falta de pudor al que no queda otra que rendirse.

Cuentan que corría el año 1933 y, con apenas 13 años cumplidos, el más grande de los creadores de ilusiones que ha dado el cine quedó literalmente en estado de shock. La pelea entre King Kong y un Tiranosaurio Rex en la isla Calavera colmaba las más íntimas fantasías de un adolescente llamado Ray Harryhausen. Sin llegar a tanto, tampoco conviene exagerar, Kong: la Isla Calavera está ahí para volver a impresionar, pero con gracia. Ya saben, basta mirar a los ojos. Como Max.

Tomado de Metropoli.com

 
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