¿QUÉ PASA CUANDO LA “SOMBRA” SE CONVIERTE EN “MÁSCARA”?

Las máscaras de Terminator las venden en todos lados. En mercadolibre.com las hay desde los $10.

Las vemos con frecuencia en fiestas de carnaval y en películas de ficción. Los niños se divierten con ellas. Pero ver máscaras de la muerte bajo los oscuros cascos de efectivos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) en la Operación de Liberación Humanitaria del Pueblo (OLHP) realizada el pasado viernes 11 de marzo en Jardines del Valle, me causó peculiar desazón, una especie de subrepticio escalofrío.

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No sé si el uso de máscaras de la muerte es una táctica policial habitual que sigue estándares internacionales, como señaló el diputado oficialista Ricardo Sánchez en respuesta a las fotos de Carlos Ramírez difundidas por Víctor Amaya. Yo me enteré por una alumna que me escribió por WhatsApp enviándome la imagen: “¿Qué dice de esto, Dr. Áxel? ¡Qué horror! Aquí se desataron todos los demonios”. Cuando leí la noticia y sentí la pausada aceptación, la normalidad, con que las páginas noticiosas narraban el operativo sorpresa con 250 uniformados armados que dejaron 9 muertos en la búsqueda del Coqui, líder de una banda dedicada al homicidio, el secuestro y la extorsión en las zonas de El Valle, El Cementerio y la Cota 905, pensé que, ciertamente, vivíamos en un estado de posesión por la Sombra.

Permítanme, por ello, hacer una breve aclaratoria conceptual de términos  de psicología junguiana. C.G. Jung llamó “sombra” al arquetipo del mal, a la destructividad, a la parte del psiquismo que recoge lo sombrío y tenebroso, lo inadaptado, vandálico y corrosivo en cada uno de nosotros. La “máscara”, por su lado, es la parte de la personalidad con la que nos identificamos por motivos de adaptación al mundo exterior, el segmento de la psique con que cubrimos nuestra interioridad y que mostramos a los demás. Por lo general, los vicios, nuestra faceta lóbrega y destructiva, se esconde en la opacidad el inconsciente, en la sombra. ¿Qué pasa, sin embargo, cuando la maldad, lo sombrío, se convierte en máscara?

Primo Levi, superviviente de Auschwitz, desarrolló el concepto de “zona gris” para describir una franja del psiquismo en la vida los judíos que colaboraban con los nazis y contribuían a su propia destrucción en los campos de exterminio. También Bruno Bettelheim y Víctor Frankl estudiaron lo que llamaron “la identificación inconsciente con el agresor”, un estado de indiferenciación en que agresor y víctima toman el mismo rostro, la misma máscara de la muerte, adoptan el mismo comportamiento, se identifican el uno con el otro. La “zona gris” dificulta el análisis moral porque borra la frontera y normal distinción entre verdugos y víctimas, una condición confusa propia  del sistema de destrucción del totalitarismo.

En días pasados, caminando por el Paseo de la Castellana, en Madrid, escuché el habla característica de unos venezolanos. Volteé a verlos. Eran tres jóvenes, probablemente, estudiantes, con buena apariencia, perfecto corte de pelo y lujoso vestir. Se decían los unos a los otros: “-Dale guevón.” “-No joda, marico dale tú” “Coño, marico, eres un mamaguevo. Échale bolas tú.” Y así prosiguieron con su diferenciada y refinada conversación bajo los arces, magnolios, madroños y cipreses del bulevar. ¿Qué nos dice el lenguaje de una sociedad? ¿Por qué se extiende una manera de hablar que hace del insulto un intercambio amistoso y jovial? ¿Por qué jóvenes de familias pudientes adoptan el habla de las zonas marginales? ¿Qué indica que la mímica y la retórica del malandro se haya extendido a todos los niveles de la sociedad?

Cuando al lado de los 9 muertos en un sólo Operativo de Liberación Humanitaria del Pueblo aparece la noticia del hallazgo de 14 cadáveres en una fosa común en la Penitenciaría General de Venezuela, cuando los secuestros y las violaciones dejan de ser noticia, cuando un pueblo se acomoda a niveles instintivos de supervivencia y las formas de vida que debían yacer en la “sombra” se convierten en máscara para la adaptación, estamos ante un proceso de involución y regresión colectiva que es muy difícil atajar.

Es una transformación profunda que va más allá de la problemática económica y política, un movimiento con inercia propia, autónomo. La paz y las formas políticas por las que lucha la oposición democrática pueden ser arrasadas por este proceso de decadencia que viene de más lejos y va más allá de Chávez y Maduro. Necesitamos grandes gestos, ideas, imágenes y símbolos que puedan compensarlo.

 

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