PARA UNA LECTURA DE LOS LÍMITES

Se afirma que ningún gobierno puede mantenerse si tiene un alto repudio popular, pero este se mantiene porque sus ejecutorias son ya claramente dictatoriales.

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No gobierna el pueblo, por supuesto, cuyo mandato se desconoce, sino una camarilla político-militar que ha hecho negocios con las arcas públicas, hoy en día exangües. Si el antes “soberano” elige un nuevo Parlamento, según los mandones, el “soberano” se ha equivocado. El juicio, como se ve, es de una sola parcialidad. Y para demostrarlo, hemos entrado en una etapa en la que pululan las detenciones de todo orden: estudiantes que manifiestan, panaderos que trabajan, enfermos que reclaman, transportistas que protestan. A los diputados electos se les viola la inmunidad, a los electores regionales se les impide escoger a sus gobernantes, a los universitarios se les prohíbe elegir a sus autoridades. La situación es clara: la opinión de la población no cuenta, el criterio de alguien no vale, los deseos de la población no existen. Esto es: nadie elige nada. Quienes eligen, o interpretan, o deciden, son los miembros de la camarilla, dueños absolutos de una soberanía que es la propia.

En el cambiante contexto latinoamericano, para no ir más allá, la situación de Venezuela es alarmante. Hace tiempo que el país abandonó las convenciones democráticas, hace tiempo que la Constitución es un cajón de sastre. La población, que deambula desesperada buscando víveres o medicinas o hurgando en bolsas de basura, parece muertos vivientes. Son autómatas, que no personas. La prédica del “hombre nuevo” ha llegado hasta acá: seres inanimados. La corrosión moral también es de espanto, y ahora con la saga de los niños asesinos. Uno se pregunta en dónde está el límite de la descomposición, de la desintegración. A qué grado de horror habría que llegar para recapacitar, para cambiar, para curar. ¿O el egoísmo de unos pocos, que ya caminan sobre cadáveres, no tiene límites? ¿Cuántas muertes más hacen falta para reconocer al semejante, cuánta inanición debemos acumular para tener un ápice de piedad? Creo que ya se trata de saber si resta una mínima fibra de humanidad en la camarilla que nos desgobierna. ¿No se sostenía hasta hace poco que “de los acorralados es el Reino”?

Conciencia de los límites, sí, es lo que está faltando ante la lenta muerte de una colectividad que hasta hace pocos idolatraba a un mesías. Craso error de recurrencia histórica que nos lleva de nuevo a la miseria, al desengaño, a la estafa. Nos prometieron castillos y ahora solo tenemos tumbas, pues los castillos se los han repartido unos pocos. ¿Qué gesto será suficiente para encender la alarma? ¿Qué nivel de sufrimiento será necesario para que haya un golpe de timón?

Los deslenguados siguen describiendo un país que no existe mientras se llenan las alforjas: construyen una ficción perversa sobre el detritus de la realidad. ¿Quién despertará para decirnos que el sueño siempre fue una pesadilla?

 

Tomado de WWW.EL-NACIONAL.COM

 
Antonio López OrtegaAntonio López Ortega

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