DESTRANCAR EL JUEGO

Un reto a la creatividad

No había transcurrido un cuarto de hora desde los confusos anuncios de Nicolás Maduro en su programa “Los domingos con Maduro”, cuando ya algunos miembros del G9 de la MUD discutían las posibles condiciones para aceptar una propuesta de Asamblea Nacional Constituyente.

Nadie sabría cómo compaginar las amenazas del Presidente –“ustedes no saben de lo que estamos dispuestos a hacer y a dónde estamos dispuestos a llegar…a partir de hoy voy a ir dando claves del nuevo desencadenante histórico…la derecha trancó el juego…Tomás Guanipa y José Guerra terminarán tras las rejas”– con la mención ininteligible y difusa de una estrategia diseñada por Chávez para regenerar la República a través de un proceso popular constituyente, pero si el Presidente hubiera mencionado la intervención de extraterrestres, la estrafalaria propuesta también hubiera sido considerada.

Y es que el juego está trancado y nadie sabe cómo terminarlo.

La política más que una realidad es un lance de la imaginación, un conjunto de símbolos, ideas y acciones capaces de enlazar la mayor cantidad de voluntades.

Y como juego de la imaginación es un reto de la creatividad frente al poder, la capacidad de anticipar los movimientos de la contraparte en las casillas vacías, de encauzar al otro hacia el objetivo deseado.

El gobierno, hasta ahora, había contado con extraordinarios consejeros e inteligentes estrategias para desactivar y doblegar a su enemigo llevándolo a su terreno. Con la reactivación de la calle, la cosa se le puso difícil al régimen dictatorial. Más cuando la magnitud de las marchas y concentraciones de la Venezuela democrática muestran a los seguidores y fanáticos de la revolución bolivariana como una minoría marginal.

La oposición, sin embargo, se enfrenta a un reto particularmente arduo y complejo. ¿Cómo mantener viva la presión de calle? ¿Cómo potenciarla sin mayores muertes para llegar a un desenlace?

El dilema del poder

Muchos opinadores y asesores políticos consideran que con un gobierno desalmado que tiene las armas, que cuenta con la violencia legítima y la ilegítima además de los poderes públicos a su servicio, no queda sino jugar en dos frentes, subir el costo de la represión mientras se busca reducir los costos de la salida.

Ello suena lógico. El cambio está en la calle, es un viraje irreversible que es preciso continuar. Pero al mismo tiempo, el costo de salida para Maduro, Diosdado y demás violadores de derechos humanos, narcotraficantes y terroristas, es demasiado grande, es la prisión, la vida, un costo tan descomunal que es previsible que se aferren al poder y que prefieran destruir y quemar el país antes que abandonar el mando que los protege.

Así que lo políticamente inteligente sería hacerles ingobernable el país, aumentar las complicaciones y el costo de seguir reprimiendo, mientras se negocia con factores del chavismo una salida aceptable para un pacto de transición.

Este enfoque, sin embargo, mueve emociones encendidas, presupone un problema ético y se enfrenta, de lleno, con obstáculos y críticas de todos lados. ¿Cómo entrar en el marco de la justicia transicional, es decir, permitir la impunidad, con un gobierno forajido, con unos delincuentes que no sólo se robaron más de 300 mil millones de dólares sino que metieron presos, persiguieron y asesinaron a miles de venezolanos, que sembraron de odio el país, que arrasaron con la economía y acabaron con todos los recursos materiales, morales y espirituales de la nación? El pacto para una transición enfrenta, por demás, obstáculos eminentemente prácticos.

Cualquier intento de abrir canales de comunicación con sectores del chavismo levanta la costra de la lacerante y dolorosa herida producto del falso diálogo del pasado año. En estos momentos, hablar o transar con el poder sería experimentado por la gente como traición, sería un suicidio político o, cuando menos, implicaría seguir el camino incierto de Rosales y Falcón.

El desiderátum

Desde el chavismo se repite un dilema parecido.

Los militares, actores decisivos y verdaderos dueños del poder, están bloqueados, tienen pavor a hablar con representantes de la oposición porque podrían ser detectados por los servicios de inteligencia militar y ser pasados a tribunales disciplinarios. La Dirección de Inteligencia de Cuba ha hecho eficientemente su trabajo.

La única alternativa en la que parecemos coincidir la mayoría de los venezolanos es en la urgencia de sostener la acción de calle, en la necesidad de forzar la ingobernabilidad aumentando la presión de la gente. Y para ello, para mantener el ardor, es preciso arreciar con gestos que aunque sean de poca utilidad práctica tengan valor simbólico. Por ello, hace falta un cambio en el lenguaje.

El campo de enfrentamiento está lleno de víctimas y victimarios, pero lo peor para ganar la contienda es asumir el papel de víctima. Y el requerimiento de devolver las atribuciones a la Asamblea Nacional es, de por sí, un lenguaje de vencidos, es haber aceptado, de hecho, el discurso de la superioridad legal del Tribunal Supremo de Justicia. El triunfo estará del lado de los que asuman con determinación la voluntad de poder.

 

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