TERRORISMO

Acabamos de llegar de la panadería. Es una parada obligada cada vez que pasamos frente a una, a ver si hay pan. Para evitar estacionar, cerrar y pasarle el tranca-palanca, activar el corta-corriente y la alarma a nuestro modesto y viejo carro, y caminar hasta el interior del establecimiento para encontrar los anaqueles vacíos, preferimos preguntar al mejor informado de la zona: el que cuida carros en el estacionamiento.

-“Sí, hay pan” responde con entusiasmo. Que haya pan es para él una bendición, pues los frustrados clientes no seguirán de largo, sino que harán la rutina, ya enumerada, y conocida por todo venezolano propietario de un vehículo, para entrar a comprar el tan deseado pan. Y es que esa acción representa una larga cola (la cual ya es parte de nuestra cotidianidad); le redundará en una propina por “cuidarnos el carro”, otra costumbre ya cotidiana de los venezolanos. Él también come, al fin y al cabo.

Llegado el turno, pregunta uno: “¿qué pan hay?” para recibir una automática respuesta: “Canilla, mi amor”. Uno ve que en unas estrechas bolsas de papel van introduciendo dos delgados cilindros de color amarillento tostado en cada una, y uno se queda pensando si esas serán las “canillas” o serán más bien panes para perros calientes. Es la impresión que dan las flaquísimas piezas de pan, que alguien compara con las de un enclenque amigo suyo. Y se pregunta uno, sabiendo la respuesta, si esas tripitas de harina darán el peso reglamentario para una pieza de pan de esa clase. No hay carteles que indiquen el peso mínimo, ni báscula para comprobarlo. Reclamar puede significar que se quede uno sin pan. Por pendejo…

Es que los venezolanos hemos llegado a un mundo sin ley, donde quienes controlan el robo, roban, donde los que fiscalizan, avalan la estafa, donde quien reclama sus derechos, va preso.

No importa la escala o magnitud del reclamo. Sea por el tamaño de una pieza de pan, o por el restablecimiento de la legalidad y los procedimientos constitucionales, quien reclama va preso. El que ejerce el panadero es un terrorismo en pequeña escala, el que ejerce el prepotente gobernante es terrorismo en gran escala. Pero ambos hacen que los venezolanos vivamos aterrorizados: no sabemos si comeremos mañana, si sobreviviremos a la falta de medicinas, si no nos caerá un pote de bomba lacrimógena en la cabeza, o si un guardia “del pueblo” se antojará de nuestro celular y nos meterá un tiro en la barriga. Los inermes vivimos a merced de los armados, sean del hampa común o de la otra, la de arriba, con o sin botas. Con casco o cachucha con el logo de algún poder público. De cualquier parte sale un ratón…

¿Tendremos que llegar a métodos medievales para evitar que nos roben, o para recuperar la libertad?

*El párrafo introductorio fue omitido

 

Artículos relacionados

*

Top