LA FISCAL. LA PUNTA DE UN ICEBERG…

Con todo respeto, por favor no interprete esta pequeña historia que os contaré a continuación como un pasaje alusivo a delirio neurológico alguno. Es la experiencia viva y estudiada en psiquiatría por inminentes científicos y novelistas como Oliver Sacks, S. Freud, H. Jackson o Wilder Penfield, relativa a la reminiscencia o evocación selectiva de la memoria consciente y subconsciente.

A media noche, en medio de un solitario, frío y nublado poblado al norte de Irlanda, una mujer comienza a escuchar “música a todo volumen”. Se preguntaba de dónde venían esas canciones, típicamente de su infancia, que no había escuchado por décadas. Mrs. O’Connor tenía 88 años de edad. Asustada por las ineluctables melodías que retumbaban en su cabeza y que no venían del vecino ni de ningún radio detrás del armario, decide ir al Hospital. El médico le pregunta, si es capaz de identificar las canciones. Ella contesta: “Si Dr. Claramente: Son Glory, Glory Hallelujah, Good night sweet Jesus y White Christmas”. El médico replica: “¿Son esas canciones placenteras para Ud.? Mrs. O’connor: “No Dr., realmente odio esas canciones” (…) “Las puede reconocer [las canciones] con letra y música al detalle o vagamente?” (…) “No, [Mrs. O’connor] son las típicas cantinelas góspel que trovaban de fondo en los novenarios o en las misas de domingo” El galeno comienza sus indagaciones. Pide calma. No es un “colapso nervioso” (Stroke) -le advierte- sino una suerte de evocación aguda que habría que saber por qué se manifiesta ahora tantos años después…

Revisando sus notas, el psiquiatra apela al concepto de “epilepsia musical”. Un delirio evocativo, aleatorio, que en apariencia no obedece a un sentimiento o circunstancia especial. Pero ¿por qué tal rémora se alojó en el cerebro con tanta intensidad? ¿Qué hay detrás de esa neuropatía? ¿Qué induce a una persona a un estado de delirio o nostalgia súbita?

Estudiosos tanto de la psicología clásica como moderna, concitan que el fenómeno es la denominada “reminiscense” (reminiscencia) o estado del sueño (Wilder Penfield, Freud y Perot),  que es un tipo neurosis evocativa originada por la necesidad de “abrir las puertas de aquellas añoranzas de la niñez, de la juventud”. Mrs. O’Connor perdió a su padre antes de ella nacer y a su madre sin haber cumplido los 5 años. A esa edad fue enviada a América a un orfanato. Luego el único que recuerdo de su madre son esas visitas a la Iglesia…

Cómo dice Thomas Mann en su libro “El mundo detrás de las canciones”, si hay una historia muy pura detrás de aquella evocación epiléptica. Lo que evoca Mrs. O’connor en esas tres canciones -infiere su psiquiatra- es la incandescencia, la fe y el placer de sentir a su madre estrechándole la mano en la capilla, sintiéndose a salvo con ella. Y lo que Mrs. O’Connor resiente o cree odiar, no es lo vivido, sino lo no vívido… Ese es su delirio, su profunda carencia. Esa es su neurosis, reminiscencia (Freud): un amor muy corto -que marcó su vida- pero que sólo duró tres canciones…

No digo que nuestra FGR sufra de alguna neuropatía. Pero si evoca porque todo ser humano fue niño y adolescente, por lo que fluyen reservas reminiscentes. La Fiscal como madre, como mujer, como abogada, como ciudadana, desentierra un estado de paz y redención. Cada noche delira en su cabeza -quizás- el mismo Gloria, Gloria aleluya o el Gloria al Bravo pueblo o simplemente el aguinaldo, din din din, es hora de partir… No es tema de especular si la Fiscal es buena o mala. Insisto: detrás de toda canción [o cambio de posición] “existe un mundo”.  Y ella [Ortega] lo quiere contar. Nada sucede por una causa, decía Hannah Arendt. En todo caso “la violencia nunca debe ser superior al fin perseguido que la justifica”. En ese punto, el Estado no puede devenir en totalitarismo sino en legítima autoridad, en la que lo institucional debe estar por encima lo individual. La Fiscal lo sabe. Y lo despierta, lo canta…

Un “estado de reminiscencias” que ansía un estado a salvo, un estado ideal, un estado consciente. Todos lo queremos. Ese es el mundo que la ciudadana Fiscal quiere volver. Un mundo que el hijo de Tarek (DP), no conoce a sus 19 años y por el cual le pidió a su padre, “asume tu responsabilidad, pude haber sido yo”. La autoridad fue desbordada por la moral y la añoranza. Ahí, el poder se rinde a la invocación más profunda: ¡volver a vivir! Hannah Arendt les preguntó a los judíos -su semejantes- por qué obedecían diseñando las cámaras de gas de Hitler, excavando fosas masivas o cargando el haz en las torturas. ¿Por qué colaboraban? No era “el mal devenido de malas personas”. ¡Era el mal de seres superfluos donde la maldad es sólo materia, desecho! El mal radical de los campos de exterminio donde “el homicidio es tan impersonal (banal) como el aplastamiento de un mosquito”. Eso es totalitarismo: no la dominación despótica de los hombres, sino un sistema en el que los hombres se vuelven nimios e irreflexivos.

Pues sospecho que algunos cómo La Fiscal, no quieren colaborar más… Es la reminiscencia de lo vivido. Es la pérdida de lo humano. Es la consciencia. Es sobrevivir. Es desbanalizar el mal. Es la punta de un iceberg moral y emocional… ¡Ahora actúe, Doctora!

 

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