ESTOS SON MIS PRINCIPIOS

Vivimos días aciagos. El planeta ha visto la represión –ejercida por efectivos del “socialismo” del siglo XXI de Nicolás Maduro, es decir, por los hombres nuevos de la revolución– contra ciudadanos que piden democracia parlamentaria, libertad de presos políticos y una economía que restituya la vida digna frente al desabastecimiento de comida y medicinas.

El saldo de la violencia (45 muertos, 500 heridos y 1.300 detenidos, saqueos indiscriminados, robos de equipos periodísticos, ataques a primeros auxilios que atienden heridos) confirma que este gobierno no tiene un ápice de aquel “humanismo” tan mentado de la izquierda. Sin embargo, consigue la solidaridad de sus pares en el mundo.

Como bien indica José Ignacio Torreblanca (jefe de Opinión de El País de Madrid), el 27 de abril pasado ocurrió una votación en el Parlamento Europeo para expresarse a favor del respeto a la Constitución y la libertad de los presos políticos. Quedará para la historia.

La votación merece entendimiento. 6% (35) de los eurodiputados votaron en contra; 77% (450) lo hicieron a favor; 17% (100) se abstuvieron. Torreblanca se pregunta: “¿Quiénes destacan entre ese selecto grupo de personas que encontraron razones políticas o morales de orden superior para no condenar un asalto a la democracia tan burdo que hasta el propio Maduro, instado por su fiscal general, se vio obligado a retirar?”.

Selecto era el grupo. Filonazis griegos de Amanecer Dorado, la derecha italiana de Lega Nord, la tenebrosa alemana de Voigt, Izquierda Unida española, el partido comunista griego y portugués, Syrisa de Grecia, y el Front Gauche francés. En la abstención entraron los muchachos bien pagados de Podemos. Un autobús con lo peorcito del viejo continente. Ellos solos quisieron tomarse la foto.

De la derecha siempre podremos esperar el horror. Pero ¿y qué nos dicen los comunistas? Siguen los designios del comité central. Y para muestra quiero recordar un hecho entre millones: el 24 de marzo de 1976. Ese día los militares argentinos dieron un golpe sangriento que enterró la democracia en Argentina.

Ese día el Partido Comunista argentino, uno de los más ortodoxos y retrógrados del mundo, emitió un comunicado que se podía leer como una celebración: no había triunfado el ala más pinochetista de las Fuerzas Armadas. En la lucha entre halcones y palomas, habían triunfado las que simbolizan la paz. Los muchachos de Bahía Blanca se pusieron creativos y entonaban un estribillo: “Videla, Viola, esto es un golpe piola” (chévere).

¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible que semejante acto de barbarie, condimentada con Falcon verde oliva que desaparecían disidentes como hormigas, fuera celebrado por el Partido Comunista? Fácil: jerarcas de la ex URSS le pidieron tranquilidad a su base, porque Argentina era geopolíticamente estratégica en la lucha contra Estados Unidos.

Fue trágico. Muchos comunistas murieron tratando de convencer a militares asesinos de que eran comunistas, pero nunca radicales.

Para cerrar los episodios de una izquierda que ha sido una farsa, hay que detenerse en Borges. Vino a Venezuela en 1983, porque quería presenciar una “coleada de toros’’. Admiradores de tres universidades (UCV, LUZ y ULA) propusieron que se le otorgara un doctorado honoris causa.

En las sesiones de los consejos universitarios los amigos de la izquierda se lo negaron. Tres veces. “¿Qué ha hecho Borges por Venezuela”?, preguntaron. “No es más que un reaccionario conservador”. Borges sonrió: “Entiendo que se han abstenido noblemente”. Groucho Marx le hubiera puesto humor al asunto: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.

 

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