LA INDIGNACIÓN MUERDE DURO

Dicen que así muerden los mastines napolitanos, unos perros entrenados por las legiones romanas para la guerra. Desagarran la carne y no sueltan hasta que llegan al hueso.

No obstante, el alma y el cuerpo son sabios, poseen la información necesaria para regenerarse y así como las plaquetas se aglomeran para ayudar a cicatrizar, así lo hacen también los sentimientos de nobleza, coraje y solidaridad que vemos. Se juntan para cerrar las heridas que la maldad de este régimen nos deja en el alma.

Van 8 semanas de Resistencia del pueblo venezolano. Hemos partido de un error del gobierno con su infame sentencia en la que el TSJ se abrogaba las competencias de la AN. Ese día hemos salido de las catacumbas a dar la pelea en las calles del país. Hemos partido de la incredulidad de que éramos capaces de movilizarnos, hasta llegar a un punto en el que asombramos al mundo de lo que hemos logrado hacer. Hemos estado solos con Almagro clamando en el desierto, hasta tener a todo el mundo civilizado de nuestra parte. Pasamos del secuestro de todos los poderes públicos a tener una Fiscal que ya no cuenta con la confianza de Maduro para sus trapacerías.

Nuestra protesta que era un fenómeno citadino, se ha trasladado a pequeños pueblos y aldeas. Las movilizaciones llenas de vanguardias de la clase media, ha entrado a los barrios de nuestros hermanos más humildes. La lucha se ha hecho transversal, así como el reclamo político del cambio.

Suelen ser las motivaciones sociales las que movilizan a los pueblos, sus necesidades materiales y eso, sin duda, ha sido el motor subjetivo de este combate. Pero las luchas ciudadanas conocen cambios cualitativos cuando son de tal magnitud que golpean la conciencia social. Es el cumplimiento de la vieja ley de la dialéctica, de acuerdo con la cual, la cantidad se convierte en calidad.

La sociedad venezolana ha dado ese salto en la conciencia y la reivindicación del cambio solo podrá ser arrancada si se produce un aplastamiento físico brutal e inaudito. Tendrán que meternos en estadios, como hizo Pinochet, y sacarnos a fusilarnos en las noches para que esto se detenga. Y a Maduro ya le paso el tiempo para poder hacer eso.

¿Cuándo ocurrirá un desenlace? ¿Quién puede predecirlo? Nadie, así como no podíamos, el día de la sentencia del TSJ, imaginar que hoy estaríamos como estamos. Lo que sabemos es que estamos haciendo lo que hay que hacer. Y que la negociación que Maduro pretendía poniendo su Constituyente como listón alto para agradar a sus gobernadores y cambiarla por unas elecciones regionales y unas cuantas casas por cárcel, cada vez se aleja más de la realidad. Almagro pronunció la frase que Maduro no quería oír. Dijo que solo elecciones generales traerían la paz a Venezuela. Un poco más al sur, Correa en Ecuador, le secundó.

Que momento tan rico en acontecimientos y lecciones. Que orgullo estar transitando este camino que luego será enseñado en el mundo entero como lección de coraje democrático.

Solemos visitar lugares históricos y emocionarnos al ver las piedras del castillo de Pampatar donde estuvo presa Luisa Cáceres de Arismendi y los del Castillo Libertador donde padeció la generación del ‘28.

Es mágico que no sean las piedras, sino el asfalto caliente de nuestras calles que hoy pisamos, el que será reconocido como el más glorioso de los campos de batalla moral de la historia republicana del país.

Y que nosotros estemos aquí, no tiene precio.

 
Julio Castillo SagarzazuJulio Castillo Sagarzazu

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