SOBRE LA FUERZA DE LA FE…

…Y LA MAGIA DE LA UNIÓN

LA COMUNIÓN

 

Vamos a estar claros. Esta lucha que emprendemos los ciudadanos venezolanos para superar la pesadilla en la que vivimos es también una lucha del bien contra el mal. Desde ese punto de vista es un combate que debe hacer acopio de las fuerzas espirituales de la nación y enervar nuestras reservas éticas y morales.

De allí que es importante poner en valor la vieja costumbre de los seres humanos de congregarse para pedir y comunicarse espiritualmente.

Todas las religiones y, sobre todo, las tres monoteístas, asumen la reunión de sus fieles, como un acto mandatorio. Los cristianos nos reunimos en las iglesias, los judíos en las sinagogas y los musulmanes en las mezquitas. La reunión para pedir las mismas cosas sugiere la idea de juntar fuerzas. Aun la ciencia no ha dilucidado los efectos que tiene la energía espiritual de millones para producir cambios, pero los produce. No hablamos aquí de la telekinesis o de los espectáculos de ciertos charlatanes que cobran entrada para doblar cucharas o sacar conejos de chisteras, hablamos del sentido trascedente del ruego, de la oración, de la súplica o de la acción de gracias colectiva, como medio para lograr objetivos comunes. “Cuando dos o más están reunidos en mi nombre yo estoy en medio de ellos”, así nos dice Mateo que sentenciaba Jesús, confirmando la trascendencia de la reunión en su nombre.  

¿Una marcha y una procesión tiene algo que ver? Pues creo que mucho. Los cristianos marchamos en una suerte de alusión a aquella gesta de Moisés atravesando el desierto hacia la Tierra prometida y también para comunicar la idea de que somos el Pueblo de Dios en peregrinación hacia la salvación. En procesiones y marchas cantamos (decía San Agustín que quien canta ora dos veces) y decimos consignas y jaculatorias, como una manera de hermanar voluntades y comunicar que estamos juntos en propósitos comunes.

La solidaridad nace del espíritu. Esa es la razón por la cual el gesto de nuestro violinista despojado de su violín; la del joven desnudo enfrentando las tanquetas; los ancianos golpeando las barreras de la GN; los jóvenes arriesgando sus vidas en la represión, nos interpelan más el alma que los discursos de los dirigentes.

Esa es justamente la inmensa superioridad espiritual, moral y ética de nuestra lucha en relación con los objetivos e intereses que defiende el régimen. Es la eterna, milenaria y ancestral lucha, como dijimos al comienzo, del bien contra el mal. Hay un país defendiendo la vida y la esperanza de vivir mejor contra otro que defiende privilegios mal habidos, dinero y poder.

Esa inmensa ventaja moral y ética no podemos perderla porque nos contagiemos de su maldad. Lo que hemos logrado a nivel internacional, por ejemplo, deviene de que los ciudadanos pedimos votar, pedimos democracia y vida digna, mientras ellos lo niegan.

Necesitamos armarnos de templanza, pero no de odio, de coraje y desechar la cobardía; de sed de justicia, pero no de venganza. A este régimen ya lo hemos derrotado moralmente, depende de nuestra conducta colectiva que lo derrotemos también política y socialmente.

La calle ha sido un inmenso laboratorio de lucha social. Ha obrado prodigios para forjar la unidad popular y ciudadana. No podemos ni vamos a abandonarla. Vienen días decisivos, a la fuerza popular vamos a juntar la fuerza espiritual que mueve montañas.

Al mal y a los canallas que lo sostienen, los derrotaremos en nombre del bien y del mejor país que juntos haremos.

 

 

 
Julio Castillo SagarzazuJulio Castillo Sagarzazu

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