EL BREXIT QUE TODO LO DEVORA

May se ha quedado sin ideas propias y sin mandato para la negociación en Bruselas

La democracia plebiscitaria es perfecta para quien quiera respuestas tajantes, probablemente irreversibles. Quien prefiera la complejidad, los matices y al final la transacción se decantará por la democracia representativa, en la que los electores eligen entre programas y partidos y modulan sus posiciones en la composición especialmente compleja de un Parlamento en estos tiempos de fragmentación.

El referéndum del Brexit captó la foto de un país dividido casi al 50%, mientras que las elecciones de hace una semana arrojan una imagen rica de detalles y matices sobre lo que esperan los británicos respecto a su relación con la Unión Europea.

El Brexit es un animal de una voracidad sorprendente. Devoró a David Cameron, quien convocó el referéndum original, y ha mordido quizás de muerte a Theresa May, la primera ministra que pretendió negociarlo desde una posición de fuerza y obtuvo lo contrario. El UKIP (un pequeño partido de ultraderecha), es un cadáver después de que sus tesis vencieran y perforaran el conservadurismo, y lo son también los apóstoles brexiters, con el ministro de Exteriores, Boris Johnson, a la cabeza, que no supieron hacerse con el botín cuando ganaron y han quedado ahora en posición subordinada dentro del Gobierno.

La mayoría parlamentaria que pretende trenzar la señora May será el gobierno del caos, según la crítica acerba de Jeremy Corbyn. Completa su mayoría insuficiente con los diez votos del partido más reaccionario y peligroso, el Democratic Unionist Party del Ulster, partidario de un Brexit tan duro como sea posible en todo, menos en una cosa, la frontera terrestre con la República de Irlanda.

El Brexit es un animal de una voracidad sorprendente

Dos antecesores de May ya han lanzado sus correspondientes advertencias. Cameron respecto a la necesidad de un Brexit suave e inclusivo pactado con la oposición. Major, preocupado por el regreso de la violencia en el Ulster ante el peso excesivo del unionismo en la nueva mayoría. Philip Hammond, el canciller ahora reforzado, quiere conservar como mínimo la unión aduanera y son muchos los que sueñan de nuevo en recuperar el mercado único con sus cuatro libertades, al estilo de Noruega o Suiza.

Macron, para culminar la faena, le recuerda a May que las puertas de la UE estarán abiertas hasta el último minuto: si la negociación va mal, y puede ir muy mal a la vista de los retrasos y de la escasez de tiempo, siempre quedará el humillante recurso de retirar la carta de activación del artículo 50.

Puede que el Brexit no sea un Brexit y que cualquier acuerdo sea mejor que un no acuerdo. La desautorización es total. Ya se ha cedido, al menos verbalmente, en la unión aduanera. Muchos quieren el mercado único entero y hay buena disposición a aceptar al Tribunal de Luxemburgo. La fórmula mejor, al final, se acercará al acuerdo para quedarse, negociado por Cameron con Bruselas y rechazado por el electorado. De las ideas de May no quedan ni las raspas y lo peor es que ni ella misma sabe con qué mandato exacto va a presentarse en Bruselas a su negociación. El imperio del caos acampa ya en ambas orillas del Atlántico.

 

Artículos relacionados

Top