LA IRA INDETENIBLE

El hambre fue su desencadenante inicial pero hoy es mucho más que eso. La ira colectiva es la respuesta al dolor, a la impotencia. Es la réplica emocional al menosprecio del poder, a la injusticia y el agravio. Es la resistencia a la dominación.

Sus efectos, sin embargo, se mueven a hurtadillas, ocultos a la vista de gran parte del liderazgo político. Venezuela tiene, ya, un rostro desconocido. También la revolución francesa comenzó como una crisis alimentaria. La escasez de pan y el aumento de los precios a niveles exorbitantes despertaron la ira de las masas. Lo que luego sucedió desató demonios ignorados.

Igual fue en la revolución rusa. El 23 de febrero de 1917 (del calendario juliano) las mujeres de Petrogrado, campesinas, trabajadoras y estudiantes, gritaban pidiendo pan. Luego, la furia bolchevique convirtió a Rusia en una orgía de represión, hambre, destrucción y pillaje.

Hasta ahora, el gobierno de Nicolás Maduro se ha comportado defensivamente negando la realidad, como si creyera que es suficiente el aparato represivo para volver a la normalidad. Ya no hay, sin embargo, un punto fijo al cual volver, un estatus quo que recuperar.

La oposición, por su parte, con toda su diversidad, se ha mostrado ingenua, virginal, como si bastara acabar con la dictadura para restablecer la sociedad, como si acabando con el atropello pudiéramos volver a ser quienes fuimos. Muchos analistas ven en la secuencia de acontecimientos el despliegue previsto de lo que siempre se contó como el escenario más probable, que el cambio vendría del mismo chavismo, que una disidencia del chavismo descontento manejaría la transición.

Las medidas y acciones de la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, y de muchos otros chavistas que día a día se agregan y pronuncian en contra del llamado a la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente muestran el viraje desde adentro del monstruo. Todas estas posturas, sin embargo, parten de visiones conservadoras, como si la guerra que nos asola no hubiera ya transformado el país.

La ira es también una respuesta a la frustración y hay una frustración muy distinta producto de la tensión entre la manera de existir de las nuevas generaciones y un pasado no resuelto que destruye las posibilidades de futuro. Los jóvenes anónimos que hoy lideran la lucha y la resistencia, y que ni siquiera conocieron la democracia, recogen una insatisfacción que necesita mucho más que pan para canalizar su fuerza y conseguir respuesta.

Las formas de relación entre Estado y Sociedad ya no pueden acogerse a los moldes del pasado. La crisis social que atraviesa Venezuela ya no se resuelve con un simple cambio de gobierno.

La ira colectiva amenaza con volverse autónoma y sumergirnos en la anarquía si no consigue pronto una narrativa, un discurso y un conjunto de ideas que le den dirección y sentido.

 

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