RODILLA EN TIERRA, MIRADA AL CIELO

Una sensación de tristeza y desesperanza se tendió como un inmenso y trágico tapiz sobre el ánimo de los venezolanos. Ya comenzamos a apartarla.

Quienes nos oponemos a este corrupto y vendido régimen sentimos que tenemos casi todas las cartas de la baraja para ganar la partida en la cual nos hemos trabado con una jauría de malandros y narcotraficantes. Pero esas cartas no son las de mayor valor. Nos faltan las altas de todas las pintas: el oro, las espadas, y las copas. Hasta el rey de bastos tiene su cuota de poder, con su mazo al hombro, amenazante todos los días por la televisión. Nos faltan El Rey, las Sotas y los Caballos. Y contra esa fuerza no hay inteligencia ni astucia que valga. Ni mucho menos razón, aunque esté toda de nuestro lado.

Sin que nos diéramos cuenta cabalmente, porque apenas vislumbrábamos tal traición, poco a poco el hombre que más daño ha hecho a este país lo entregó a Fidel Castro en bandeja, no de plata, sino de oro. Muerto, a su vez, el hombre que más daño le ha hecho a la isla caribeña, su hermano y sucesor se las sigue ingeniando para dominar al sucesor del súper destructor de Venezuela.

Moisés Naím cuenta el número de cubanos infiltrados en Venezuela con la anuencia del sumiso régimen. No solamente son los “médicos” del llamado “Barrio Adentro”, sino los miles de cubanos que controlan registros civiles, notarías, y demás organismos de identificación y control de la ciudadanía. Desde adentro se manipulan identidades, ocupaciones, cifras sobre estratos sociales, niveles de educación y salud, y todo lo que interese al régimen manipular para hacer ver que somos un país rico, feliz y despreocupado, bien atendido en todas sus necesidades por el estado benefactor. Para quienes se atrevan a desmentir tales cifras adulteradas, están los organismos punitivos y represores.

Y hay indicios suficientes como para suponer que esos organismos punitivos y represores están también infiltrados por mercenarios venidos de la isla propiedad de los Castro, y de otras regiones como Bolivia y hasta Palestina, que inclusive visten uniformes militares, que una vez fueron honrosos para quienes los llevaban, y hoy son fuente de inquina y odio para la inmensa mayoría de la población.

Inútil es para los manifestantes dirigirse a ellos con mensajes de paz, o tratar de convencerlos de lo equivocado de su actitud agresiva y asesina; de nada vale recordarle a quienes se protegen con escudos y lanzan lacrimógenas que ellos también tienen familiares que sufren privaciones y falta de seguridad, alimentos y medicinas. Ese mensaje no es con ellos. Sus familiares están lejos, en otros países “hermanos”.

El Destructor Mayor utilizaba siempre el término militar (no tenía otro lenguaje) “rodilla en tierra”. Expresión que se remonta a maniobras de guerra hoy obsoletas, como lo era poner una rodilla en el suelo para ofrecer un menor blanco al enemigo en la guerra de trincheras y escaramuzas, y tener un mejor apoyo para disparar aquellos pesados fusiles. Un lenguaje tan anticuado, como el comunismo. Y con eso de “rodilla en tierra” hizo arrodillarse a muchos venezolanos que creyeron en sus cantos de sirena.

Un gran esfuerzo nos ha costado volver a estar erguidos y dispuestos para la lucha. Es que arrodillarse es fácil; lo difícil es levantarse. En eso estamos.

 

Artículos relacionados

*

Top