LA CORRUPCIÓN COMO MODELO

El cáncer de la corrupción ha estado generalmente vinculado al sector público, pero esa exclusividad ya no es tal, y desde hace años alcanzó al sector privado.

Un funcionario público de una notaría cuando recibe una solicitud para la copia de un documento se extiende un poco más del tiempo promedio en revisar el formulario, baja la voz y dice al solicitante: “en vez de tardarse cuatro días, estaría listo para esta misma tarde. A los dos nos puede interesar”.

En una universidad privada mientras se adelantan las gestiones para el acto de defensa de tesis, una de las profesoras se dirige a los bachilleres y próximos profesionales: “les sugiero no olvidar a los jurados, recuerden que ellos son los que aprueban o no su proyecto. Algún regalito no estaría de más”.

Un profesional que debe viajar fuera del país para atender una beca de estudios presuntamente sufre un secuestro de su título universitario. Tras una excesiva tardanza en recibir el documento debidamente apostillado, se entera que previo pago de “una ayuda”, lo tendrá en sus manos al otro día.

Luego de hacer caso omiso a la luz roja de un semáforo, un conductor es detenido por un funcionario policial de tránsito. El encuentro no dura más de cinco minutos. “Algo para el café” deja a ambos conformes.

Los anteriores son sólo una mínima muestra de los millones de actos de corrupción que todos los días se realizan en diversas partes del mundo. En Venezuela, para algunos, la altísima cantidad de eventos, la impunidad evidenciada en pocas o ningunas consecuencias y la cultura del relajo, hacen normal y hasta necesario, utilizar “los caminos verdes” para obtener algún beneficio.

No es casual que según la organización Transparencia Internacional, en el index sobre percepción de la corrupción al cierre del 2016, sobre ciento setenta y siete países, el nuestro ocupa el puesto número 166. Dicho de otra forma, Venezuela es el país más corrupto de América y, entre los más corruptos, el número once en el mundo.

El cáncer de la corrupción ha estado generalmente vinculado al sector público, pero esa exclusividad ya no es tal y desde hace años alcanzó al sector privado. Definida por Transparencia Internacional como “el abuso del poder para el beneficio privado”, se ha propagado como un virus para el que, a primera vista, pareciera no existir remedio.

En las crisis, la corrupción consigue un ambiente propicio, muy especialmente cuando las mismas incluyen factores económicos y sociales. No es secreto que en Venezuela un mercado negro de bienes escasos se presenta como alternativa ante una demanda insatisfecha. Es así como medicamentos, alimentos, repuestos, piezas y partes de todo tipo, son sólo algunos de los que se comercializan sin importar el origen lícito de los mismos.

Por lo general, los procesos burocráticos, engorrosos e ineficientes ya superados en muchos países de Latinoamérica, son una de las causas para que el ciudadano se resigne a incluir en cualquier requerimiento vinculado con el Estado venezolano, una suma de dinero adicional que ya no sólo agiliza, sino que hace posible obtener el servicio al que se tiene derecho.

La corrupción es una acción o situación de carácter universal que corroe las instituciones, destruye la confianza en los gobiernos, afecta el normal desenvolvimiento de la sociedad y le endosa elevados costos.

Como particulares tenemos las posibilidades y el deber de asumir conductas que permitan combatir la corrupción en sus diversas manifestaciones.  Ante candidatos políticos no aceptar las frases “roba pero poco” o “roba pero lo hace bien”; ya que con ello premiamos la deshonestidad y favorecemos distorsionados modelos de lo que debe ser un servidor público.

Un gravísimo efecto de refuerzo a la corrupción como conducta, es el modelaje que jóvenes y niños perciban al respecto. Hacer de la honestidad un valor que desde los hogares y escuelas se siembre en la cultura de los niños, y que forme parte de los decálogos de conducta de las instituciones públicas y privadas.  Eliminar de raíz el concepto de “viveza criolla” que se relaciona directamente con la corrupción.

Los modelos de éxito en el combate a este esquema de descomposición tienen en común la convergencia de actores y recursos. Acciones individuales por lo general se diluyen en el tiempo sin obtener resultados. Por tanto, los Estados, las empresas privadas y la sociedad civil deben trabajar en conjunto para desarrollar y llevar a cabo estrategias eficientes de combate a la corrupción.

El ataque a la corrupción en cualquiera de sus formas no es “asunto de los otros”, ya que pensar y actuar bajo esa premisa, sólo extenderá un poco más en el tiempo los nefastos efectos sobre todos.

La inacción en este caso es sinónimo de complicidad y lo que menos necesitamos es una sociedad de cómplices que a su vez se transforma en una sociedad de víctimas.

 
Alfredo YuncozaAlfredo Yuncoza

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