Cuba, Revolución y chequera MANIOBRA Y REPRESIÓN

En su Biografía a dos voces, de Ignacio Ramonet, Fidel Castro pronuncia una frase que puede constituir la clave de la evolución del producto ideológico-comercial que se ha impuesto en el mercado político bajo la etiqueta de “revolución cubana”: “Nosotros siempre hemos sabido adaptarnos a los tiempos”.

De la época inicial en la que Fidel Castro deslumbró al mundo, mezcla de osadía política, modelada por el radicalismo puritano-suicida de Ernesto “Che” Guevara, asentado en el dogma de la lucha armada, teniendo al campesinado como base popular (por tratarse del estrato social considerado como el más dócil), el castrismo, pasó a sumarse a la dinámica financiera que a partir de “revolución conservadora” liderada por Thatcher/Reagan, se impuso en el mundo.

Adaptación que, al suspenderse la asistencia soviética, llevó a Cuba a entrar en la dinámica del narcotráfico. Por supuesto, esa adaptación se operó según las modalidades de instrumentalización del castrismo, y alcanzó su cénit al surgir la figura de Hugo Chávez con su chequera abultada de petrodólares, y su entrega total a la voluntad del líder cubano.

“El mulato musical”, como llamaban al venezolano en el entorno íntimo del  “Comandante en Jefe”, no poseía los dones de héroe histórico como para formar parte de la oligarquía castrista, pero -moldeado por la cultura rentista petrolera- venía acompañado de un aditamento que caracteriza al venezolano: comprar cuanto se le antoje. El alza espectacular alcanzado entonces por el barril de petróleo fue el argumento que le permitió a Chávez ser admitido en el entorno de Fidel Castro.

La alianza del cubano con el venezolano forjó la política de los últimos 18 años en América Latina. Se estableció una geopolítica internacional a partir de la compra de adhesiones. Alba, Caricom, Unasur, Celac, responden a esa dinámica. Fusión de la maquinaría de instrumentalización y de control que es el castrismo, con el modelo de corrupción tradicional de la cultura petrolera venezolana.

La fusión de un castrismo tardío con el modelo petrolero venezolano produjo el chavismo, cuya influencia se ha hecho sentir en toda América Latina y también en Europa.

En Cuba, pese al fallecimiento del líder máximo, persiste el modelo del “héroe de la República de Cuba” como condición para acceder al estrato máximo social. En Venezuela no logró imponerse la mística austera del “Guerrillero Heroico” (el Che). Pese a los bustos que le han erigido y  a las franelas con su rostro que visten los paramilitares de Maduro. Lo que si practican éstos es la máxima de Che Guevara de que el verdadero revolucionario debe “ser una certera máquina de matar”.

La originalidad del grupo que en Venezuela se ha enquistado en el poder, es su maleabilidad y capacidad de metamorfosis. Provienen de una clase media que ascendió socialmente durante los 40 años de democracia. El resentimiento (“la sed de venganza que no se puede aplacar”) que les despertaba la obscena demostración de riqueza de los “ricos”,  los hizo permeable al discurso de la izquierda radical. Adoptaron hasta el lema cubano de “patria, socialismo o muerte”. En cuanto a lo de estar contra el “imperio” y comulgar con el socialismo, es sólo un discurso. Podría calificarse al revolucionario chavista, parafraseando el dogma de Ernesto Guevara: “el verdadero revolucionario es aquel que se transforma en una certera máquina de robar”.

La opinión pública descubre hoy que los “grandes”, más visibles y emblemáticos “revolucionarios” venezolanos que monopolizan el poder, han puesto a resguardo sus fortunas en el “Imperio”. El gobierno de Estados Unidos asegura que los activos congelados al vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami, -uno de los altos funcionarios del gobierno de Nicolás Maduro sancionados por abusos contra los derechos humanos, corrupción y acciones para minar la democracia-, son mayores de lo anticipado y se elevan a “cientos de millones de dólares”. Los más radicales “revolucionarios” como Elías Jaua, Jefe de la comisión Presidencial para la Constituyente; Tibisay Lucena, presidente del consejo Nacional Electoral (CNE); Néstor Reverol, ministro de Interior, Justicia y Paz; Tarek William Saab, Defensor de Pueblo, son otros de los sancionados, que ahora tendrán dificultades con la banca internacional en cualquier país.

Aparte de la disimilitud de acceso a los estratos superiores de la sociedad que se aprecia entre el castrismo y el chavismo, dada la diferencia entre heroísmo guerrero y corrupción, existe un punto en el que ambos convergen, pues es de interés vital para los “héroes de la República de Cuba” que los corruptos venezolanos conserven el poder. De allí, que ambos coincidan en aplicar los métodos represivos.

Muchos analistas venezolanos lo comparan las dictaduras militares que gobernaron durante los años 70 y 80 en América Latina. Consideran que el grado de deshumanización a los que se libran los cuerpos represivos hoy en Venezuela, son mayores que los que se vieron en esos países. Pero no es estrictamente así.

El terrorismo de Estado practicado en particular en la Argentina de los militares, sin querer justificarlo, obedecía a la lucha contrainsurgente contra la guerrilla, precisamente auspiciada por Cuba. En la caída de Allende, además de la voluntad de Nixon y Kissinger, el papel de Fidel Castro jugó también su parte. Nixon y Kissinger lo justificaban porque formaba parte de su lucha contra el comunismo. Para Fidel Castro, en cambio, el fracaso de Allende significaba darle la razón a su dogma de la lucha armada como único medio de llegar al poder. El método electoral que adoptó más tarde, -de allí eso de “adaptarse a los tiempos”-, entonces era inconcebible.

El tipo de represión y su grado de deshumanización que practica el castrismo, del cual se inspiran los venezolanos por haber sido entrenados en Cuba, tiene un elemento ideológico, de allí de que el verdadero revolucionario “se convierta en una certera máquina de matar”.

Existe complementariedad entre el castrismo y el guevarismo. El castrismo consiste en darle mayor prioridad a la instrumentalización de la maniobra política, en cambio el guevarismo, considera que al “enemigo” se le debe exterminar físicamente. Según las circunstancias, el castrismo que “sabe adaptarse”, emplea el uno o el otro, o los dos a la vez, como en el caso actual en Venezuela. Constituyente como maniobra política, como medio de afincar un poder vitalicio, y la represión, como medio disuasivo de protesta.

La represión en las dictaduras militares latinoamericanas fue brutal, el castrismo practica una represión en la que el sadismo frío es una técnica que busca no sólo eliminar al adversario, sino también humillarlo, para que sirva de escarmiento a los ojos del resto de la población. No olvidar que  el castrismo, como culto a un líder, se alimenta de un aditamento religioso. El chavismo intentó también cobrar esa dimensión religiosa, pero en su declive intervino el rentismo venezolano. Se acabaron los petrodólares, se extinguió el amor.

 
Elizabeth BurgosElizabeth Burgos

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