TURBULENCIA EN EL MAR DE LA FELICIDAD

Ventilar en el exterior que Venezuela era una singular colonia cubana, un inmenso territorio continental controlado por el aparato represivo de una isla del mar Caribe, sonaba a extremosidad, a desproporción de derechas, a afirmación radical de quien poco conoce de política y se deja arrastrar por opiniones simplistas y unilaterales. Hoy no es así.

El mundo entero reconoce que cualquier solución al deterioro y colapso venezolano pasa por Cuba. No sólo porque el sistema represivo, el complejo aparato militar, policial y de inteligencia que mantiene cercada a la oposición es cubano, sino porque la delirante determinación de mantener el poder a cualquier precio y la intrepidez para sobrevivir en medio del aislamiento internacional son actitudes de la más pura inspiración castrista.

La imagen de la revolución eterna, capaz de navegar todo tipo de tormentas y de perdurar a pesar de la pobreza, la escasez, la inflación y todo cúmulo de desgracias, es el peor enemigo de la oposición, una fuerza subversiva que trabaja desde abajo, debilitándonos con una exasperante sensación de derrota.

La revolución cubana es la prueba de que no existe justicia en la tierra, de que sí es posible doblegar a una población por varias generaciones. Si a esa imagen apabullante le aunamos un liderazgo de oposición de corta imaginación, capaz de caer, una y otra vez, en las trampas de la revolución, dispuesta a caminar ingenuamente los caminos previstos por la planificación estratégica de la inteligencia cubana, estamos frente al panorama psíquico actual de la sociedad civil venezolana, un cúmulo de emociones que oscilan entre la derrota y la ira.

La guinda de la noche la puso el mismo liderazgo opositor cuando entró en el falso dilema de acudir o no a las elecciones regionales de un país gobernado por un suprapoder omnímodo y un CNE fraudulento. Manera reiterativa e indigna que tiene cierta dirigencia política de hacerse falsas ilusiones y de apaciguar a la población, que ve naufragar todos sus esfuerzos por falta de astucia de sus líderes. ¿De qué valieron las muertes de seres queridos si era para ir a unas elecciones regionales maniatadas? – se preguntan muchos en la calle.

El mar de la felicidad, sin embargo, no baña todas sus playas en calma. Primero, porque Venezuela no es exactamente Cuba y el chavismo tampoco es el castrismo. A pesar de tener el monopolio de las armas, la revolución bolivariana respira con dificultad y tampoco cuenta con un liderazgo de muchas luces que pueda encorsetar un país sin directrices de la Habana. El discurso chavista está totalmente agotado, sus arcas quebradas, sus huestes divididas, tensas por la disgregación a la que conduce el caos.

La realidad del país, por demás, les ha caído encima como aplastante volumen que ni la Asamblea Nacional Constituyente podrá disimular. Más allá de las circunstancias internas, varios hilos del destino venezolano han pasado al escenario internacional.

Venezuela se ha convertido en un contratiempo serio para el vecindario y otras naciones, un problema que pretenden remediar tardíamente. Cuando nuestro país danzaba en la opulencia, poco importaba la democracia o el sufrimiento de la población. El petróleo invitaba a perdonar muchas cosas. Ahora, la falta de divisas permite ver con mayor claridad la calamidad en que se ha convertido nuestro país.

La emigración masiva, el éxodo indetenible de la población venezolana o el papel protagónico del gobierno revolucionario en el narcotráfico internacional han prendido las alarmas del concierto de naciones. Pero sobre todo, lo que más inquieta a los gobiernos extranjeros es que Venezuela se ha convertido en un foco desestabilizador para toda la región.

Como señala el exguerrillero salvadoreño, Joaquín Villalobos, ahora consultor para la resolución de conflictos, Venezuela “es un desastre y una anarquía permanente. En medio del caos, la potencia que adquieren las plataformas criminales es increíble.” Nadie, ni militares, ni las potencias internacionales, ni el liderazgo, ni el pueblo, tienen la pieza para terminar de armar el rompecabezas venezolano. Pero el rompecabezas, sin dudas, se está armando.

 

 

Artículos relacionados

*

Top