‘BABY DRIVER’: ÉXTASIS SONORO, EXPERIENCIA CINEMATOGRÁFICA

Alejandro Rodera

En el mercado de cine actual en Hollywood las palabras “historia original” se han vuelto una rareza, la excepción y no la regla de una industria que no desea correr riesgos. La meca del cine enfrenta una feroz competencia y los grandes estudios temen apostar por ideas que no tengan una estrategia de marketing (real o inflada) y que garanticen un éxito. A pesar de ello, las fórmulas nunca podrán reemplazar el talento y el cine de Edgar Wright es prueba de ello.

Edgar Wright tomó la mejor decisión posible: alejarse de las franquicias (dejó a Ant-Man de Marvel por diferencias creativas). Entonces se entregó a uno de sus proyectos pasionales, ‘Baby Driver’, una rara avis en Hollywood al tratarse de una película original, concebida en la mente del propio Wright. El director británico, fan acérrimo de Walter Hill y su mítica ‘The Driver’, combinó multitud de referencias cinematográficas con su desbocada pasión por la música, y el resultado ha sido este maravilloso experimento audiovisual.

Baby es un joven con un don prodigioso para la conducción. Sus habilidades tras el volante le han llevado a convertirse en el piloto de confianza de un peligroso criminal, que contacta con él antes de cada golpe para asegurarse de que la escapada se producirá de manera satisfactoria. La peculiaridad del personaje son sus dificultades auditivas y comunicativas, que le llevan a estar enchufado a un iPod durante la mayor parte del día. De esa manera Wright introduce el factor musical, vital en el desarrollo de la cinta, ya que influye en todo momento en el ritmo que adopta la acción. En vez de adaptarse al tempo de la música y ofrecernos un videoclip continuo, algo tan habitual en el cine contemporáneo, Wright entrelaza imagen y sonido sin perder una pizca de su esencia.

Entre el campo visual y el sonoro se crea una simbiosis imprescindible para comprender la película, ya que no sólo reside en la idiosincrasia del protagonista, sino que Wright sincroniza efectos sonoros, música y acción para brindarnos una experiencia única. Una tarea muy compleja, que requería de una planificación exhaustiva, y que Wright, cuyo gusto musical es exquisito, ha sabido ejecutar de forma encomiable. La banda sonora no recurre a los hits más frecuentes, y en ningún momento se permite que los acordes eclipsen a los personajes, por lo que no se ahoga la acción con las típicas músicas tramposas del cine comercial.

Ficha técnica
Título original: Baby Driver
Dirección: Edgar Wright
País: El Reino Unido, Estados Unidos
Año: 2017
Duración: 115 min
Género: Criminal, Thriller, Acción
Reparto: Ansel Elgort, Kevin Spacey, Lily James, Eiza González, Jon Bernthal, Jon Hamm, Jamie Foxx, Flea, Jeff Chase, Wilbur Fitzgerald
Distribuidora: Sony Pictures

Si comparamos con las anteriores películas de Wright, los personajes de ‘Baby Driver’ no transmiten la misma sensación de perdurabilidad que sus predecesores. Siempre nos acordaremos de Scott Pilgrim y de Shaun, pero los compañeros de Baby no son tan memorables como aquellos. Ese sería el aspecto más convencional de una película que huye de los clichés más simples, aunque incluya el típico interés amoroso (interpretado por Lily James) con una profundidad no tan común y los villanos implacables, sin excesivo recorrido moral. Pero es cierto que Baby, encarnado por Ansel Elgort, y el imprevisible Bats, cargado por el ritmo de Jamie Foxx, tienen una energía única, característica del estilo cómico y ecléctico de Wright.

Épico trayecto

A lo largo de la filmografía de Wright hemos tenido la oportunidad de conocer su peculiar acercamiento al género de acción, integrado habitualmente en sus diversas historias. En el caso de ‘Baby Driver’, era fundamental que el cineasta demostrara su agilidad tras las cámaras, su capacidad para trabajar en grandes producciones sin que se diluyera su voz. Y así ha sido. El filme no decae en todo su metraje, aunque alguna locura se salga un poco de la dinámica general, y ha sabido beber de los fuertes de Hill y William Friedkin, dos maestros de la adrenalina mejor destilada.

Nos encontramos ante la película más ambiciosa del director, una frenética persecución plagada de referencias cinematográficas expresas, que no innova tanto en cuanto al relato que cuenta sino en lo formal, en construir una experiencia que debe ser vivida en una sala de cine. Y por lo tanto, es una celebración de ese séptimo arte en el que Wright no para de dejar sus extraordinarias muescas.

Tomado de www.ecartelera.com

 
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