EN EL TABLERO DE RUSIA

Apremiado por la presión política de la comunidad internacional y por la menos política y más pragmática de los acreedores, el gobierno venezolano parece haber optado por la búsqueda de apoyos a cualquier precio.

Pensando en supuestas afinidades ideológicas, en oportunidades económicas y muy especialmente en alineamientos estratégicos, no es extraño que haya reforzado su acercamiento a Rusia, para cuyo gobierno resulta, desde luego, tentador incluir a Venezuela como ficha en su tablero.

No hay duda de que Venezuela entra en los intereses de Rusia. Su confrontación con Estados Unidos buscó siempre la cercanía con un país de la región en su propósito de incomodar o eventualmente amenazar al vecino del Norte. Fue el papel de Cuba en su momento y ahora en menor medida. Los movimientos de una guerra fría que, con otra intensidad y otras formas, se mantiene de algún modo vigente se expresan ahora en sanciones y reacciones, declaraciones encontradas, gestos diplomáticos más o menos airados, profundización o sofisticación de acciones de espionaje o de intervención en la política interna del adversario. En esa pugna Venezuela es la nueva ficha.

Un país enfrentado a Estados Unidos siempre es un socio atractivo para Rusia. Más si dispone de las reservas petroleras más grandes del mundo y si su gobierno ha hecho alardes de antinorteamericanismo y ha logrado influencia, aunque ahora venida a menos, en sus vecinos. Un poco menos si ese país confronta serias dificultades porque ha dinamitado las bases de su economía, ha perdido la consistencia institucional básica, está sometido al apremio financiero y a la pérdida de confianza, ve en grave riesgo su gobernabilidad y donde la legalidad de algunos de sus poderes ha sido puesta en entredicho cuando no claramente negada.

Rusia, otra economía fundamentalmente petrolera, tiene motivos para interesarse en Venezuela. El tamaño de su economía, apenas igual al del estado de Texas, y su posición secundaria en el desarrollo de alta tecnología no le han impedido pesar en las decisiones que agitan la compleja geopolítica mundial. Lejos en la práctica de los paradigmas del socialismo, pesan más en su gobierno las fuerzas de la nueva oligarquía dominante y de las nuevas fortunas, devotas de un voraz capitalismo al amparo del poder centralizado.

Para Rusia tiene sentido afirmar su presencia en el negocio petrolero. De allí su participación en los campos de la faja del Orinoco y en la plataforma continental de Venezuela. Tiene sentido poner banderas en el propio suelo americano con participación en el negocio de los combustibles. De allí su interés en Citgo y las negociaciones de Rosneft para acceder a las acciones de Pdvsa en esa empresa. Tiene sentido ampliar el mercado para su comercio de armas y ser acreedor de un país al que se le cierran otras fuentes de financiamiento. De allí los préstamos de entre cuatro y cinco mil millones de dólares a Venezuela en los últimos años. No tiene mucho que perder. Si no prospera la posibilidad de hacerse de Citgo, la intercambian por la de tener más contratos o acuerdos en la faja. Los préstamos, desde luego, son para ser cobrados. Y lo harán en su momento. Es su negocio.

Para Venezuela una cosa es clara: la necesidad de búsqueda de apoyos a cualquier precio compromete su futuro. Algunos de los acuerdos con Rusia no cuentan con la necesaria aprobación constitucional de la Asamblea Nacional. ¿Cuánto pesarán en el futuro esos u otros acuerdos que pudieran obtener la bendición del controvertido Tribunal Supremo de Justicia o de la no reconocida asamblea constituyente? Es bueno recordar que la política exterior rusa construye relaciones más entre Estados que entre gobiernos, más con lo que permanece que con lo que cambia.

Uno de los recursos más frecuentes en el discurso del gobierno venezolano es la apelación a la soberanía. Inquieta y entristece constatar actuaciones oficiales que van conduciendo precisamente a lo que podría ser la pérdida de esa soberanía, que podrían arrastrar a la dependencia, a la constatación dolorosa de cuánto pesan los intereses disfrazados de amistad.

 

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