MALTRATADA

Muchos están cansados de decir que los venezolanos que están afuera no pueden sentir la patria como la sienten y padecen los que aún viven en ella. Si eso fuera cierto, el destierro fuera color de rosa.

La realidad es otra. La inmensa distancia que separa los cariños duele como miles de dagas, y disculpen la melcochería, pero ese es uno de los síntomas de quien está lejos mientras ocurren las tragedias.

El asesinato de cada venezolano duele más. Es como si mirara a través de un lente teleobjetivo, que detalla nítidamente cada expresión, cada lágrima, cada puño, cada rabia. No pierdo el foco y además veo la foto completa. El país se vuelve una tortura.

Lo otro es la impotencia. Saber que no se puede hacer nada.

Tratar de resolver problemas cotidianos a distancia puede parecer sencillo. Pero cuando esa distancia está infectada de oscuridad, es otra pequeña tragedia. Los bachaqueros hacen su agosto conmigo, compro medicamentos, harina PAN, azúcar y trato de que lleguen a mis seres queridos. Pero llevo el corazón afligido porque sé que poco puedo resolver. Porque el caos venezolano es más que comida, es desesperanza, es ira, es demasiado dolor, y para nada de eso hay bachaquero que supla un antídoto.

La impotencia lo lleva a uno a las redes sociales con la esperanza de ser escuchado. Siendo uno anónimo ¿qué puede decir que mueva a un cambio de rumbo? Es como ver desde arriba un barco que navega arrastrado por aguas tormentosas hacia el abismo y no poder avisar que la salvación está a un golpe de timón. Por más que se grite, nadie escucha, ni las mentadas de madre.

Lo otro es ser testigo de la locura. De la falta de lógica en el razonamiento. Ser testigo del momento en que los que se supone que piensan dejan de hacerlo y se entregan a la corriente del caos.

Poco importa si el capitán tuvo éxito, si las armas se usarán para sacar a los delincuentes, si los ninjas se los llevarán. Importan los niños en el hospital que no tienen ni comida ni medicinas, importan los viejitos que deambulan buscando qué comer, importan las madres, los padres, los hijos de una tierra que son maltratados a diario, cada segundo y no tienen tiempo para unas regionales. Quizás ni fuerzas tengan para ir a votar cuando ese evento llegue.

Importa el sacrificio que han hecho miles, importan los muchachos con escudos de cartón, importa mi hija que vive sin esperanza. Importa la traición, duele y pesa la traición.

 
Ana María MatuteAna María Matute

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