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Hay una condena mundial, estruendosa, a la dictadura de Nicolas Maduro, nuestro Erdogan tropical. Ya en los noticieros de USA hablan de él como “el dictador”. Se acabaron los eufemismos y las buenas maneras.

Cada vez se suman más jefes de estado y cancilleres de la región a decir las cosas por el nombre que merecen. Pero dictadura que se respete no se detiene en pudores y escrúpulos. Hay una asamblea elegida por todo el país y ellos la sacan a patadas eligiendo la suya en unas elecciones donde hasta la compañía que puso las máquinas dijo que eran tan falsas como la muerte del billete de 100 Bs. No les importa el tamaño del desprestigio. No parpadean cuando se les tilda de asesinos y torturadores. Se regalan espadas de Bolívar cuando los sancionan internacionalmente. Se reúnen en pequeños mítines celebratorios cuando los catalogan de narcotraficantes. Irrumpen como bandoleros ebrios de violencia en el espacio más sagrado de la República. Se reparten cargos y ministerios, comisiones y dólares, de una forma tan rocambolesca como ilegal. Son los forajidos públicos del Nuevo Mundo.

El mundo los repudia. Y mientras tanto, ellos eructan su cinismo.

En la otra orilla, la oposición vuelve a sufrir un cisma, las estrategias se agotan de nuevo, las agendas personales relumbran, la opinión pública sataniza a sus líderes, la anarquía coloca su música y la esperanza se astilla de nuevo.

Y mientras tanto, el país sigue dándose golpes contra los filos rocosos del abismo. La ANC se ocupa de ejercer sus venganzas políticas, de encarcelar alcaldes y estudiantes, de destituir fiscales, mientras las neveras de la población siguen vacías, los precios se vuelven pornográficos, la violencia sigue su fiesta letal y los que pueden se lanzan fuera del país como un barco que hace agua por todos sus flancos.

En Margarita la ocupación hotelera no llega al 10% en plena temporada vacacional; la represa del Guri, uno de nuestros mejores orgullos, colapsa; la inseguridad agarra tanta confianza que asesina personas en pleno Aeropuerto Internacional de Maiquetía; las líneas aéreas del mundo evitan volar o detenerse en Venezuela; la canasta familiar llega a la absurda cifra de un millón y medio de bolívares; los centrales públicos apenas cubren 2% de consumo nacional de azúcar; para comprar un caucho se necesitan más de 6 salarios mínimos, los economistas declaran con alarma que la inflación de agosto superará el rictus del asombro, y conseguir la más simple de las medicinas sigue siendo una proeza para cualquier venezolano.

Mientras la dictadura baila su frenesí porque regresaron las fotos de Chávez al hemiciclo, todo se desmorona a velocidad de avalancha.

Pero, tranquilos, tenemos patria y revolución. Lo demás es accesorio.

 

 

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