UNA AMISTAD FALAZ

Un tiovivo de erráticas situaciones ha sido la característica resaltante de las relaciones colombo venezolanas de los últimos años.

A nivel de los presidentes de ambos países el discurso en torno a su colega vecino ha puesto de bulto una relación enferma, falaz, plagada de altibajos, emociones antagónicas e insolencias y descalificaciones verbales.

Solo Dios sabe cómo calificará la Historia el momento en el que, concomitantemente, el gobierno de los colombianos ha fraguado, a troche y moche, un acuerdo con los criminales de las FARC para hacerles un espacio en la vida política y ciudadana del país, mientras el de Venezuela ha urdido toda clase de trampas y fraudes para eternizarse en el poder a cualquier precio, en violación flagrante de la Constitución venezolana y en franco divorcio de la legalidad.

Dos puntos en común tienen ambos presidentes. Uno es el de la tenacidad en sus propósitos y el empeño en no desviarse de sus fines últimos, cualquiera que sea el calificativo que se emplee para valorarlos y cualquiera que sea el precio que se deba pagar por su consecución. El otro es la capacidad de dilapidación de su capital político, para terminar su gestión con la más alta desaprobación y desapego de sus gobernados.

Uno, Juan Manuel Santos, inspirado en su necesidad íntima de escribir una línea importante en el devenir de su país y en su historia personal, se dedicó a fraguar, negociar y concluir un esquema de paz interna que muchos consideran una aberrante traición a la ciudadanía azotada por décadas de crímenes. El mandatario, no obstante, la ha defendido a capa y espada por tratarse del telón de fondo de un reconocimiento universal que ha sabido vender muy bien. Pero junto con ello, internamente, el presidente neogranadino ha perdido arraigo popular al extremo de contar hoy, a un año de la entrega del poder, con un muy exiguo apoyo del electorado que no alcanza a 1 de cada 5 colombianos.

Del otro lado del Arauca, a Nicolás Maduro le tocó recibir el poder de manos de un Hugo Chávez triunfante, sin percatarse del cáncer que le traspasaba en lo económico y de la bomba de tiempo que contenía en lo social. Dos compañías perversas pervirtieron su administración más allá de su evidente incapacidad para gobernar: la influencia nefasta de la Cuba comunista y la conchupancia de sus colaboradores cercanos, civiles y militares con el narconegocio importado de Colombia. Al fin de su gobierno, Maduro ha logrado la desaprobación de cerca de 9 de cada 10 venezolanos.

Cada uno de estos mandatarios ha usado interesadamente la relación con su vecino para sus inconfesables fines. Ninguna coincidencia política, ética, doctrinaria o filosófica los ha acompañado. El verbo falaz, la retórica amañada y la insinceridad han sido parte de posiciones de la conveniencia coyuntural. Pasar de allí a la descalificación ha sido, por lo tanto, un hecho obligado cuando soplan, como ahora, vientos de tempestad.

¿Qué quedará al final de los encuentros y desencuentros entre Maduro y Santos? No mucho más que lo que quedó de la relación entre Chávez y Uribe. Una triste línea en la pluma de los cronistas de mañana.

Al fin, veremos cómo la imbricación de los pueblos del binomio colombo-venezolano es lo que cuenta y ha contado tanto en las buenas como en las malas horas. Nunca ha faltado para el vecino, de este o del otro lado, un buen plato de comida caliente que ofrecer. 

 

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