COMO RESOLVER LA CRISIS DE COREA DEL NORTE

Un entendimiento entre EE. UU. y Beijing es un prerrequisito indispensable. Tokio y Seúl también deben jugar un papel fundamental.

Por más de 30 años, la respuesta del mundo al programa nuclear de Corea del Norte ha sido una combinación de condenas y titubeos. La conducta irresponsable de Pyongyang es deplorable. Advertencias han sido emitidas señalando que la evolución hacia armas nucleares será inaceptable. Y, sin embargo, su programa nuclear no ha hecho otra cosa que acelerar. 

La resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que sanciona a Corea del Norte, aprobada por unanimidad el 5 de agosto, fue un gran paso. No obstante, aún queda por definir su objetivo, y el éxito de Corea del Norte con su prototipo de misiles balísticos intercontinentales no deja margen para nuevos errores. Si Kim Jong-un pese a la oposición tanto de China como de los Estados Unidos, y desoyendo la condena unánime del Consejo de Seguridad, mantiene su programa nuclear, alterará la relación geoestratégica entre los principales actores.

Si Pyongyang desarrolla una capacidad nuclear a gran escala mientras el mundo titubea, perderá mucha credibilidad en Asia del paraguas nuclear estadounidense, especialmente para nuestros aliados en Tokio y Seúl.

El desafío a largo plazo va más allá de la amenaza al territorio estadounidense. Un arsenal operativo de ICBM en Corea del Norte está todavía lejos, dada necesidad previa de miniaturizar las cabezas nucleares para atarlos a los misiles, y a la vez producir estos a gran escala. Pero ya de hecho, las naciones de Asia están amenazadas por misiles de corto alcance y de alcance intermedio. A medida que esta amenaza se agrave, el incentivo para que países como Vietnam, Corea del Sur y Japón desarrollen su propia capacidad nuclear crecerá exponencialmente, dando un giro siniestro a la región y el mundo. Siendo así, revertir el progreso ya logrado por Pyongyang es tan crucial como impedir su progreso.

La acción diplomática estadounidense asi como la multilateral no ha tenido éxito debido a que los principales actores -y sobre todo China y Estados Unidos- no han empujado en una misma dirección. Las demandas de Estados Unidos de poner fin al programa nuclear de Corea del Norte han resultado inútiles. De otra parte, los líderes estadounidenses, incluidos los militares, han sido reacios a apelar la fuerza; el secretario de Defensa, Jim Mattis, ha descrito la posibilidad de una guerra con Corea como “catastrófica”. De hecho, miles de tubos de artillería apuntando a la capital surcoreana de Seúl, convierten en rehenes a sus 30 millones de habitantes.

Una acción militar preventiva unilateral por parte de los Estados Unidos supondría el riesgo adicional de extender el conflicto a China. Y, aunque Pekín se abstuviera transitoriamente, jamás aceptaría que EE. UU. definiera unilateralmente las cosas cuando se trata de un país que limita con el corazón de China. Eso quedó demostrado en su actitud durante la Guerra de Corea de los años 50. Si bien el uso de fuerza militar no puede ser excluido, su eventual uso debe ser cuidadosamente analizado, siendo igualmente cuidadosos en la parte discursiva.

Las consideraciones anteriores han llevado a la administración Trump a un intento por comprometer a China en un esfuerzo diplomático conjunto. Pero hasta ahora, estos intentos han tenido sólo un éxito parcial. China comparte la preocupación americana con respecto a la proliferación nuclear; es de hecho el país inmediatamente más afectado por la misma. Pero mientras Estados Unidos ha sido explícito en sus metas, ha estado poco dispuesto a asumir sus consecuencias políticas. Para Corea del Norte, abandonar un programa de armas nucleares en el que ha invertido una desproporcionada parte de sus recursos nacionales, podría desembocar en agitación política, e incluso, tal vez, en un cambio de régimen.

China con seguridad lo entiende. De allí el respaldo de Beijing a la desnuclearización de Corea del Norte. Pero al mismo tiempo, la posibilidad de la desintegración o caos en Corea del Norte le genera cuando menos dos grandes preocupaciones. La primera son los efectos políticos y sociales sobre China de una crisis interna de Corea del Norte misma, reproduciendo situaciones recogidas por la historia milenaria de China. La segunda, tiene que ver con la seguridad del noreste de Asia. Sería un incentivo para China imponer restricciones comparables a toda la península de Corea. Es cierto que Corea del Sur no tiene un programa nuclear visible o planes anunciados al respecto, pero un acuerdo internacional al respecto podría serle atractivo.

China también tendría interés en participar en la evolución política después de la desnuclearización, ya fuera, como hasta ahora, una solución de dos estados o la unificación de la península en un solo país. También le interesarían restricciones a la expansión militar en el norte de la península.

Hasta ahora, la Administración Trump ha instado a China a presionar a Corea del Norte a fin de alcanzar los objetivos estadounidenses. Pero lo ha hecho como si fuera un subcontratista. La mejor opción, y seguramente la única viable, sería fusionar los esfuerzos y desarrollar una posición común, compartida además con otros países involucrados.  

De las posiciones expresadas, llamando a Pyongyang a sentarse en una mesa a dialogar, se deduce que la negociación seriia un objetivo en sí, y que la misma generaría su propia dinámica, al margen de las presiones que existen, y que serán necesarias para lograr acuerdos. Además, a la postre, la diplomacia estadounidense será juzgada, no por el proceso, sino por los resultados. Debe tomarse en cuenta, que para los países que consideran que la estructura asiática de seguridad está en peligro, son insuficientes las reiteradas garantías de que los Estados Unidos no busca ventajas unilaterales.

Entonces, ¿quiénes deben negociar, y sobre qué? Como es lógico, un entendimiento entre Washington y Beijing para la desnuclearización de Corea es un prerrequisito esencial. Es una ironía del destino que China que en este momento puede tener aún mayor que los Estados Unidos en prevenir la nuclearización de Asia. De hecho, Beijing corre el riesgo de provocar un deterioro en las relaciones con Estados Unidos si se le culpa por no haber ejercicio suficiente presión sobre Pyongyang. Y dado que la desnuclearización requiere una cooperación sostenida, la misma no se puede lograr sin su presión económica. Como corolario sería preciso, como se ha dicho, un entendimiento entre los Estados Unidos y China específicamente sobre la evolución política de Corea del Norte asi como restricciones en cuanto a la expansión militar de la península. Tal entendimiento no debe alterar las relaciones de alianza existentes.

Por paradójico que parezca a la luz de medio siglo de historia, tal entendimiento es probablemente la mejor manera de romper el estancamiento coreano. Una declaración conjunta de objetivos y acciones implícitas llevaría a Pyongyang al aislamiento y daría las garantías internacionales necesarias para lograr un resultado.

Seúl y Tokio deben desempeñar un papel clave en este proceso. Ningún país está más involucrado orgánicamente que Corea del Sur. Debe tener, por su proximidad geográfica y su relación de alianza, una voz crucial en el resultado político. Sería el país directamente más afectado por una solución diplomática, y actualmente el más amenazado por contingencias militares. A Seúl no le será suficiente que los lideres estadounidenses y otros líderes proclamen que no aprovecharán la desnuclearización de Corea del Norte. Por tanto, insistirá en un entendimiento más amplio, concreto y formal.

La historia de Japón ha estado igualmente vinculada a la de Corea durante milenios. El concepto de seguridad de Tokio no permitiría indefinidamente una Corea nuclear sin desarrollar su propia capacidad nuclear. Su posición frente a la alianza será favorable en la medida en que EE. UU. tome en cuenta sus preocupaciones. 

La ruta alterna de una negociación directa entre EE. UU. y Pyongyang ha tentado a algunos. Pero quedaríamos con un socio (Corea del Norte) que tendría un interés mínimo en cumplir, y jugaría buscando enfrentamientos entre China y EE. UU. Se necesita, entonces, de un entendimiento con China para poder ejercer la máxima presión y tener garantías de factibilidad. Y Pyongyang podría estar mejor representada en una conferencia internacional culminante.

Se ha sugerido que una congelación de las pruebas nucleares podría proporcionar un respiro que conduzca a la desnuclearización final. Pero sería repetir el error cometido con el acuerdo iraní: resolver un problema geoestratégico restringiendo solo su aspecto técnico, y proporcionando infinitos pretextos para la dilación.Pyongyang no debe quedarse con la impresión de que puede ganar tiempo con el proceso y convertir la táctica en una forma de bloquear, permitiéndole lograr sus aspiraciones de larga data. Puede que valga la pena considerar un proceso escalonado, pero sólo si se reduce sustancialmente a corto plazo el programa coreano de desarrollo de su capacidad nuclear y de investigación.Una Corea del Norte que mantenga una capacidad provisional podría institucionalizar riesgos permanentes:

• Pyongyang, en su penuria, podría vender tecnología nuclear;

• Estados Unidos pueden ser percibido como interesado solo en la protección de su territorio, dejando al resto de Asia expuestos al chantaje nuclear;

• Otros países puedan perseguir la disuasión nuclear contra Pyongyang, unos a otros o, con el tiempo, los Estados Unidos;

• Un resultado frustrante evolucionaria hacia un creciente conflicto con China;

• La proliferación nuclear puede acelerarse en otras regiones;

• El debate interno estadounidense puede llegar a ser aun más polarizante.Un progreso sustancial hacia la desnuclearización -y su consecución en breve plazo- es el curso de acción más prudente.

 

 

*Traducido del inglés por Strategyon

Tomado de WSJ.com

 
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