LA POLÍTICA DEL ODIO

Ahora que la dolosa Asamblea Nacional Constituyente pretende legislar sobre el odio, convendría que los asambleístas conocieran mejor la lógica de las pasiones.

Las emociones no son reacciones delimitadas y discontinuas sino complejos sistemas de organización y control que coordinan componentes subjetivos muy diversos.

Existe, por demás, bolsas anímicas de acumulación de emociones, como la que el filósofo alemán Peter Sloterdijk llamó el “banco de la ira”. Se refiere Sloterdijk a que la protesta en contra de la injusticia, la ira, la rabia y la indignación, se acumulan en una especie de banco que, al no tener salida, al estancarse, se convierten en odio, resentimiento y venganza, las principales armas políticas desde la antigüedad.

Si el odio no tiene objetivos políticos, la ira gira en el vacío e implosiona.

Los griegos que aprendieron a diferenciar con gran detalle la inmensa experiencia emocional vieron que la furia y la rabia podían ser mucho más viscerales que el enojo común, lo que denominaron chólos, pero también observaron que la ira, la cólera y el enojo se podían acumular en forma de una pasión rencorosa de mayor duración llamada Mënis.

Fundamental para el temperamento guerrero era el orgé, una ira profunda que bordeaba el odio.

Según Aristóteles, el orgé se produce cuando obstaculizan nuestras metas y deseos, en la frustración, al ser objeto de desprecio o insulto. Es un deseo de venganza producto del daño o desaire a un ser querido o a uno mismo.

El misos era el odio profundo que hacía imposible la compasión y el stúgos era el odio con un elemento estético de aborrecimiento y repulsión, un estado en que el objeto odiado era visto como abominable y monstruoso

El miedo, la esperanza y el odio son las principales emociones políticas. La revolución francesa, la revolución bolchevique, el nazismo, la revolución cubana, la revolución bolivariana, todos, hicieron del odio su principal instrumento de dominación de masas.

Pero una vez desencadenadas las furias, esos seres horripilantes y alados que perseguían a los culpables de los crímenes sin expiar, es muy difícil atarlas de nuevo. Sin duda, no será una ley de la Asamblea Nacional Constituyente la que logre amarrar la indignación acumulada frente a la humillación y la injusticia.

Existe una rabia u odio virtuoso conocido como Némesis, el impulso y necesidad de castigar a aquellos que exceden los límites de la conducta apropiada. Tendremos, por tanto, que dar un gran paso civilizatorio para liberar a Venezuela del odio. Sin némesis como justicia imparcial nadie podrá detener los efectos destructivos del rencor.

 

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