LA AUTOESTIMA EN CRISIS

La autoestima del venezolano ha sido minada. En medio de una crisis económica y social que se ha vuelto una condición crónica, interminable, golpeados por la inseguridad, la inflación, la escasez y otros sorprendentes males de los que nos creíamos liberados, muy pocos son los venezolanos que andan con el orgullo en alto.

La autoestima personal no ocurre en el vacío. Tiene raíces en los grupos de referencia, en el sentido de pertenencia e identidad colectiva. Cuando gana un equipo de futbol o de beisbol, el hincha o seguidor entusiasta y apasionado del equipo participa vicarialmente de ese triunfo. Y así como la euforia o el pesar acompañan a la victoria o a la caída de un equipo de deporte, el fracaso de un país es un hecho con el que inevitablemente tienen que lidiar sus habitantes. El proceso no es fácil.

Como casi todos los países de nuestra región, los venezolanos sufrimos de lo que muchos psicólogos sociales han llamado el síndrome del fatalismo latinoamericano.

El latinobarómetro ya no muestra indicadores sobre el orgullo nacional, pero durante muchos años Venezuela fue, de todos los países latinoamericanos, el país con el mayor porcentaje de personas orgullosas de su nacionalidad. La expresión era por demás recurrente: “el orgullo de ser venezolano”.

Ello no significa que el tema de la autoestima nacional estuviera exento de complejidades. Como casi todos los países de nuestra región, los venezolanos sufrimos de lo que muchos psicólogos sociales han llamado el síndrome del fatalismo latinoamericano, un conjunto de disposiciones muy frecuentes caracterizadas por una imagen peyorativa y denigratoria de nosotros mismos. Así como elogiamos nuestra naturaleza, sobre todo la abundancia natural, tradicionalmente hemos desacreditado a los habitantes de estas regiones equinocciales.

Ello no quita que, hombro a hombro, junto a la imagen negativa, los políticos hayan siempre lisonjeado al pueblo y entre nosotros haya perdurado una exaltación del gentilicio, un persistente pundonor por ser los descendientes de Simón Bolívar y de los libertadores de América. En muchos sentidos, la sociedad rentista, paternalista y clientelar, la política populista que tanto daño le ha causado al país, fue el producto del sentimiento enraizado de que sólo por ser los herederos de ese pasado glorioso teníamos derecho al reparto de la torta petrolera.

En el siglo XX, Venezuela fue un paradigma de modernidad en América Latina. No sólo nos enorgullecíamos de nuestras autopistas y grandes industrias básicas, sino que descollábamos en educación y salubridad pública y deslumbrábamos como sociedad abierta, la más avanzada y prometedora democracia de la región.

Con la revolución bolivariana, los venezolanos nos hemos visto obligados a enfrentarnos al fracaso. ¿Cómo sentirnos orgullosos por tener la mayor tasa de homicidios del mundo, la más alta inflación del planeta? ¿Cómo alabar a un pueblo que escogió libremente a Hugo Chávez como su caudillo y guía? La autoestima del venezolano está en crisis.

Tal vez sea el momento de reconstruirla a partir de una consciencia colectiva que haga de las virtudes cívicas un valor común.

 

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Un Comentario;

  1. ilmer montana said:

    “El orgullo d ser vzlano” carecía d asidero orgánico con Lo real. Vzla venía en su declive histórico y s “orgullo”, como mecanismo compensador, subía.

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