EL ATAQUE A LA INTELIGENCIA

El marqués de Condorcet, perseguido y proscrito por el régimen del terror de la Revolución Francesa, se enfrentó al desaliento y a la desilusión por el camino torcido que había tomado la revolución por la que él con tanto entusiasmo había luchado, escribiendo uno de los grandes monumentos a la fe en el progreso de la humanidad: Esbozo de un cuadro histórico del progreso del espíritu humano, publicado en 1794.

Tengo mis dudas de que hoy un nuevo Condorcet volvería a escribir un esbozo similar. No es que sufra de nostalgia ni que, cual nonagenario mileniarista, compare el presente con una idílica edad de oro que teóricamente fue mejor. Tenemos agua corriente, las epidemias de viruela son una excepción y nunca en la historia de la humanidad el ser humano había disfrutado de tanto bienestar material.

Pero, sin ser iluminista ni positivista para comparar, me atrevo a decir que el mundo no es lo que esperábamos.

Cursando estudios de postgrado leí con minucioso cuidado la Historia y evolución de la consciencia, de Erich Neumann. El libro y la idea de que la consciencia humana atravesaba un progresivo proceso de evolución desde su nacimiento allá en la Edad Arcaica me apasionaron. Y, ciertamente, muchos de mi generación esperábamos que la esfera de la consciencia colectiva e individual sería cada vez más amplia, que la sociedad abierta prevalecería y que, poco a poco, cedería la intolerancia, el fanatismo y el terror.

Hoy vemos, con pesar, que no ha sido así y que una de las causas principales de tal resultado ha sido el ataque sistemático en contra de la inteligencia perpetrado por los líderes políticos, el recurso a ese fondo de estupidez que todos llevamos dentro.

En muchos casos, el sistema político construido para apuntalar las libertades, el método democrático, ha sido paradójicamente desviado y usado para manipular la ignorancia.

El ataque a la inteligencia ha sido burdo y, también, sofisticado. Ejemplo paradigmático del primero es la Revolución Bolivariana, creadora de un discurso concebido expresamente para explotar la estulticia de la gente.

En línea con las ideas geniales y los grandes planes económicos como la ruta de la empanada (que conste que la prensa lo discutió profusamente como tal), los gallineros verticales o la matica de acetaminofén, Nicolás Maduro y Freddy Bernal ahora proponen el “Plan conejo” para combatir la falaz guerra económica y las sanciones de Trump, “una gran oportunidad para revisar y cambiar patrones culturales de consumo, porque nos han inducido a comer lo que al imperio le interesa.” Quitarle el lacito a la mascota para convertirla en 2,5 kilos de carne será el gran acto liberador de una pujante economía local que acabará con el hambre y probará los logros del modelo productivo socialista.

Los gobernantes, sin embargo, no siempre despliegan su ataque a la inteligencia humana de manera tan grosera y tosca.

Muchos utilizan fórmulas más sofisticadas. El populismo como estrategia de seducción es, precisamente, una forma política que destruye el juicio y la consciencia por la vía de la pasión. Es un discurso que actúa sobre el trasfondo emocional de la población y reactiva la sombra colectiva, un bombardeo en contra de la aséptica racionalidad formal que hace posible y legitima las instituciones.

Detrás del fanatismo religioso, de Trump, del mismo Brexit, no hay razones sino manejos sentimentales. Creo que después de tantos años discutiendo la inteligencia emocional, lo que nos toca ahora es una defensa de la inteligencia pura y dura.

 

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