LO PRIMERO ES LO PRIMERO

La Relatoría Especial para la Libertad de Expresión ha denunciado y condenado el cierre de más de 50 medios en Venezuela, 49  radios y 6 canales, entre ellos Caracol TV, RCN, CNN y NTN 24.

Se trata, en todo caso, de los cierres recientes –porque todo empezó con Hugo Chávez, y no con su fiel y menguado heredero Nicolás Maduro–, y las clausuras decretadas son más de la centena, sin contar los cierres resultantes de los hostigamientos y presiones del gobierno, ni los medios que pasaron a manos de amigos, testaferros o gente del régimen.

Se dirá que el cierre de 49 “señales” no es nada frente a la existencia de 566 presos políticos (acaba de morir uno, Carlos Andrés García, por omisión de asistencia) y ante la muerte de más de 100 personas que expresaban su disidencia (las cifras que se manejan van de 112 a cerca de 140), entre abril y agosto de este año: alrededor de 20 vidas humanas por mes.

Muchos habrán de pensar, también, que se trata de un tema de segunda importancia frente a la escasez, la inexistencia de medicinas, de alimentos, de artículos de limpieza y aseo esenciales, de pasta de dientes y de hasta papel higiénico.

Cuando hay hambre y la población hurga por comida en la basura, la prioridad no es escuchar la radio, ni ver televisión o leer los diarios.

A otros lo que más preocupa es el vaciamiento del país, su hipoteca hacia adelante y su negro futuro, la alta corrupción y el enriquecimiento ilimitado de los dueños del poder, de las cabezas del régimen y de sus “ayudantes”.

Se entenderá quizás que hay muchos y válidos fundamentos para pensar y verlo así. Sin embargo, no es así: todo comienza con el cierre de los medios y es lo que hacen y han hecho desde siempre las dictaduras, los tiranos, los dueños del dogma.

Es el paso previo a todo; una vez la gente deja de saber lo que pasa, los dictadores se sienten a sus anchas: roban, se enriquecen,  “distribuyen”, reprimen, meten gente en los calabozos, torturan y matan. La cuestión es que nadie se entere o que solo se enteren de lo que el mandamás quiere.

Antes lo hacían más groseramente. Ahora son más sofisticados. Hasta hacen leyes de prensa, con buen apoyo de alguna “intelectualidad”.

El caso de Chávez es emblemático: hizo su ley, se ocupó de presionar la prensa escrita – que en general marca el menú–, pero se preocupó más por “adueñarse” de los medios electrónicos, radio y televisión, para evitar la amplificación y los testimonios confirmatorios. No lo consiguió: entonces comenzó a atacar sin disimulo a la prensa escrita y a los medios electrónicos opositores o que eran independientes.

El caso de Radio Caracas Televisión lo desequilibró, sabía el costo que iba a pagar en imagen, pero igual lo cerró.

Maduro es más ordinario aún; no es Chávez ni tiene los asesores que tenía aquel. Arremete contra los medios, les priva de papel, les cierra señales, echa corresponsales y contrata un ejército de operadores para las redes sociales. Viraliza lo que sea y lo que quiera.

Maduro desborda y a la vez es desbordado, pero la gente igual se entera y cada vez tiene menos amigos: todo el mundo sabe lo que está pasando en Venezuela y cada vez son más los que se cuidan.

Es que Chávez tenía más dinero, se dirá Maduro, supongo. Y tiene razón: tenía mucho más dinero –con el precio del petróleo por las nubes– y lo gastó a manos llenas.

En fin, salvo en conseguir quienes le promuevan “el diálogo” –esto es “su monólogo”–, en materia de ocultar la realidad a Maduro no le va bien. Por más que se esfuerza no logra el primero de todos los objetivos de los dictadores: callar a la prensa.

Y es bueno tener en cuenta esa prioridad de los dictadores. Se evitan sanas confusiones. Por ejemplo, la de sacrificar la libertad de prensa y de información por “otros derechos”.

Los dictadores tienen razón: es la primera de las libertades y cuando se le sacrifica, luego se pierden todas las demás. Y se llega hasta el hambre y la desesperación, como en Venezuela.

 

Artículos relacionados

Top