LA LUCHA EN CONTRA DEL DESENCANTO

Llegado el domingo, muchos -más de lo pensado- iremos votar. Nada ganamos quedándonos en casa. No creo que la dignidad sea el tema. A fin de cuentas, todo gesto en contra del descalabro llamado chavismo es mejor que el silencio de la resignación. No es que tenga en alta estima a personajes como Ismael García o Henri Falcón.

Ni siquiera los considero mejores que Rodolfo Marco Torres o Carmen Meléndez. Pero por algún lado tenemos que empezar y todo acto en contra del chavismo es un paso más hacia el resquebrajamiento de la ficción revolucionaria. Votaremos, sin embargo, como autómatas, a contracorriente, sin ilusión, como un ejercicio de la voluntad para vencer el desencanto y el aburrimiento.

Me dicen que no es prudente hacerlo en público pero me voy a confesar: la política venezolana me produce un abismal hastío. Y no puedo sino sentirme como un extraño ante un sentimiento tal. Desde que tengo uso de razón participé en la vida política de mi entorno, en el colegio, en la universidad, en el vecindario, en la actividad editorial. A los 18 años comencé a escribir en la prensa venezolana artículos de crítica social. Durante toda la revolución bolivariana me mantuve activo en cuanta actividad opositora pude participar, artículos de prensa, programas de opinión, charlas, conferencias, trabajo en organizaciones civiles.

Y ahora, repentinamente, me encuentro con que me interesa mucho más lo que sucede en Cataluña que lo que pasa en mi país. Sigo las noticias y las redes sociales, sí, pero como una obligación, como un deber moral, no como un compromiso motivador. Y es que siento con desazón que tenemos casi 20 años repitiendo el mismo guion, reiterando la misma vacuidad, envejeciendo en el pleonasmo corriente. Es como si, después de una regresión, el país se hubiera quedado paralizado, fijado en un espacio atemporal, fuera del mundo.

La lucha en contra del desencanto y la desmotivación política tiene que remontar una cuesta sumamente empinada porque la política ha sido vaciada de ideas, de sentido. Más allá de la queja por el estado de la economía, de la triquiñuela o la trampa electoral, no hay nada que discutir porque tenemos cuatro lustros discutiendo exactamente lo mismo.

Ninguno de los temas contemporáneos, nada de las grandes transformaciones de la sociedad del siglo XXI, están presentes en el discurso público venezolano, ni siquiera en las proyecciones de futuro de la oposición. Dice Jill Lepore, en The New Yorker , que la distopía se ha convertido en una ficción de sumisión. Y, en Venezuela, la distopía revolucionaria ha conseguido la sumisión a través del vacío.

 

 

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