ORFANDAD OPOSITORA (II)

A días del 15 de octubre, los venezolanos debaten si votar o abstenerse, una disyuntiva que, a pesar del tono y la agresividad que ha venido adquiriendo el tema, no pasa de ser un falso dilema. El dramático efecto que tuvo la histórica derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015 lo demuestra de manera irrefutable. Ni siquiera ganar sirvió de algo.

La MUD tardó mucho en aceptar esta realidad. En un principio creyó que a punta de votos había conquistado el cielo, aunque el desconocimiento absoluto y sistemático de los resultados por parte del régimen terminaron por arrastrar a los dirigentes de la alianza opositora a adoptar posiciones cada día más radicales, lo que ningún modo querían o estaban dispuestos a asumir. Idéntica fue la situación a la que habían enfrentado en 2005, cuando la indignación popular provocada por el descubrimiento de la trampa electrónica que encerraban las máquinas captahuellas los obligó a retirar a todos sus candidatos para poco después arrepentirse, pues, si bien la abstención puso relieve el masivo rechazo popular al régimen, pensaron -que no lo estaban- haberse equivocado porque se quedaron sin ningún “espacio” en la Asamblea Nacional.

Estas experiencias nos hacen ver que el problema de la oposición desde hace muchos años es su falta de objetivos claros. Y la incapacidad para fijar con precisión y persistencia el camino a seguir para hacerlos realidad, aunque sea a medias. De ahí la trascendencia que siempre ha tenido determinar si el régimen es hasta cierto punto democrático, sin la menor duda distinto pero, aunque sea a su manera, democrático… o, si en cambio vivimos bajo un régimen dictatorial con varias capas de barniz democrático para confundir a los más ingenuos que aceptan que en Venezuela, digan lo que digan sus enemigos internos y externos, reina una situación que a todos nos conviene “percibir” como de aceptable normalidad.

Esta es la premisa necesaria para entender la importancia de caracterizar el sistema político que se puso en marcha con la ascensión de Hugo Chávez a la cima del poder político, no por la vía de las armas, como él hubiera deseado, sino emprendiendo una tediosa e interminable circunvalación electoral. Tras lo que ha ocurrido estos meses, ahora es más imperioso que nunca esclarecer, sin eufemismos ni tremendismos verbales, la naturaleza del régimen.

Pero no nos engañemos. Las circunstancias generadas por las parlamentarias de 2015 hicieron inevitable que, frente a un régimen que primero se vio forzado a desconocer por completo su derrota electoral y después fue forzado a eludir sus consecuencias a sangre y fuego, los dirigentes de la MUD no tuvieran otro remedio que coincidir al fin con lo que pensaba la inmensa mayoría de la población: que el régimen es una dictadura, y ha roto definitivamente el hilo constitucional y los artículos 330 y 350 de la Constitución Nacional obliga a los ciudadanos a hacer lo que sea necesario para restituir el Estado de Derecho.

Este tardío y esperanzador reencuentro de la clase política con los venezolanos de a pie no duró mucho. Y cuando se produjo la burla del CNE a Venezuela y el mundo con la farsa electoral del 31 de julio, pasaron por alto el mandato popular del 16 de julio y, en lugar de bloquear cívicamente la elección ilegal de la asamblea nacional constituyente, como se habían comprometido a hacer, tan pronto se les presentó la oportunidad, rindieron calladamente las armas y salieron corriendo a inscribir a sus candidatos a gobernador.

Sin explicar por qué, se abandonó entonces la calle como escenario efectivo de la lucha del pueblo por restaurar la democracia. A no ser, cabe preguntarse en este momento crucial del proceso, que recuperar el hilo constitucional y el Estado de Derecho no sea el verdadero objetivo de la dirigencia política de la oposición.

 

 

*Editado

 

 

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