UNA VULGAR CAMPAÑA ELECTORAL

A medida que pasan los años, sentimos que el mundo nos va dejando atrás. Los medios de comunicación se aceleran, las noticias llegan más rápido, los tabúes se van derrumbando uno a uno, las reglas de la cortesía y la urbanidad (adiós, Carreño) se relajan. En los países subdesarrollados, como el nuestro la ley del más fuerte va remplazando a la ley que los hombres civilizados se han impuesto de mutuo acuerdo.

Provoca decir que las culturas van siendo cada vez menos cultas, aunque suene mal. Más vulgares, dependen más de la televisión y la video-música que del teatro y la sala de conciertos; un “CD” o un “pendrive” de música moderna contienen más vulgaridad y procacidad que una revista pornográfica.

En el transporte universitario que utilizo para asistir a mi compromiso con mis alumnos, escucho letras de lo que hoy llaman “música” que no es más que un “pum-quiti-pum-quiti-pum” que hace de fondo a un recitativo, sin melodía alguna, que habla de cosas como por ejemplo “yo sé la posición que te gusta”, “tú tienes lo que yo quiero y yo tengo lo que tú quieres”, “a ti te gusta mi colchón” y “te lo echo adentro”  que cantan también los jóvenes alumnos, pues se saben la letra de memoria. No hay concesiones al pudor en esa letra tan explícita que suena a todo volumen dentro de la unidad de transporte “universitario” donde se supone debe exudar cultura, academia, saber, y no vulgaridad, ramplonería y procacidad.

Quien lea estas “Albersidades” tal vez haya visto un video que muestra a dos niños, tal vez de no más de 7 u 8 años, bailando al ritmo de un “pum-quiti-pum-quiti-pum” con letra igualmente procaz. La niña “baila” de espaldas moviendo las caderas y acercando su trasero al pubis del niño, quien mueve las suyas simulando sin dejar nada a la imaginación un acto de sodomía. Es lo que aprenden en las calles y lo repiten en sus hogares, mientras un familiar, orgulloso del “talento” de los inocentes niños (¿lo serán?) graba el bochornoso espectáculo con su teléfono inteligente.

A estas alturas alguien estará pensando que este comentarista, ya casi octogenario, está expresando su pensamiento retardatario y anticuado. Y tal vez no le falte razón. Los viejos somos así: orgullosos de nuestro pasado y nuestras costumbres y tradiciones, que lamentablemente van desapareciendo por una “globalidad” mal entendida, gracias a la cual nos enteramos de la degradación de unos pueblos, mientras ignoramos, conscientemente o no, las manifestaciones de mayor nivel cultural de otros.

Y así, a algunos les parece bien que el presidente (así con minúsculas) menee su voluminosa humanidad al son de un “rap” mientras jóvenes son asesinados en las calles por su guardia pretoriana, o que una ministro se haga retratar sentada al borde de una cama con un presidiario.

Por ese camino, a algunos les parece maravilloso que un candidato a gobernador se revuelque por el piso, semidesnudo, vociferante y transmutado en un energúmeno presa de algún maleficio, en un acto político en el cual pretende convencer a la asistencia de su capacidad para ejercer el cargo.

Pero no deben sorprendernos tales arranques de insania. Ya nos hemos ido acostumbrando. Lo que pasa es que sus copartidarios han sido más disimulados en sus espectáculos rocambolescos de campaña. Han prometido obras y realizaciones sabiendo que no las cumplirán. Y hasta alguno ha afirmado que los “enemigos de la patria pretenden destruir los logros de la revolución”.

Haría falta la linterna de Diógenes para encontrar tales “logros”.

 

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