El ABC de Laurence Debray, escritora franco-venezolana, hija de dos subversivos

“El pragmatismo de Cuba y el proyecto imperialista castrista aprovecharon la cultura facilista venezolana”

La biografía del rey Juan Carlos de España que escribió Laurence Debray en 2013, acuciosa investigación sobre los personajes históricos que se entrecruzaron en la vida de Juan Carlos, fue sin duda una empresa ardua y laboriosa, a ratos delicada debido a la alta investidura del sujeto de marras.

Pero escribir su propio relato autobiográfico, siendo la hija de dos personajes ligados a los avatares de la Revolución cubana y agentes de la subversión en Latinoamérica en las décadas de los años sesenta y setenta, es sin duda una audaz aventura literaria, un camino espinoso para una niña que en Cuba aprendió a manejar un fusil de asalto antes de jugar con una Barbie, que fue mimada por Jane Fonda y Simone Signoret, que dio sus primeros pasos de la mano del pensador Jorge Semprún y aprendió a cultivar flores en el jardín de su casa de campo con el teórico marxista Louis Althusser.

Libro de Laurence Debray, “Hija de dos subversivos”. Se le ve fusil en mano, Brigada de Pioneros – Cuba, 1986.

Laurence Debray conoce muy bien el desarrollo político tanto de Cuba como de Venezuela, realidades que no hicieron sino confirmar su acertada decisión de dejar atrás el engorroso equipaje marxista que arrastraban sus progenitores, pero también, como ella lo expresa, de “deshacerse de los afectos para lograr la libertad”.

Laurence es una de esas mentes brillantes del nuevo escenario intelectual francés que ha sorprendido a todos con esta historia, su historia, en la que trata de armar el rompecabezas de su familia venezolana y francesa, hurgando con su característica minuciosidad de historiadora, dando marcha atrás, desandando los caminos que recorrió su familia en Venezuela y Cuba (Fidel Castro y Elizabeth Burgos, su madre), en Bolivia (la aventura del Che Guevara y Regis Debray, su padre) y el de sus ancestros (la alta burguesía y clase política francesa).

Una iconografía que había permanecido en penumbras de pronto se ilumina en estas páginas.

Con el título Hija de revolucionarios (Fille de révolutionnaires, Éditions Stock, France, 2017) y que pronto será publicado en español por Editorial Anagrama, la autora realiza una radiografía del ambiente social, político e intelectual de las décadas los años sesenta y setenta en su Francia natal.

En el corazón de la historia narrada a sus 41 años, Laurence intenta comprender a las dos figuras míticas de su infancia y adolescencia: Regis Debray y Elizabeth Burgos, dos figuras ante las que se sobrecoge por “la dignidad de su pasado y la implacable pureza de sus compromisos”.

Leer las 300 páginas de su libro significó penetrar en un intrincado laberinto en cuyo centro moran dos Minotauros. Laurence encarna a la vez el coraje de Teseo y la sabiduría de Ariadna, al poder desentrañar el hilo del amor logrando su propia redención. “Amor, esa herida en el universo, ese exilio interior, ese déficit ontológico, pero que no existe hasta ser nombrado”, como bien lo expresara Lacan.

Conversamos con la autora en el preámbulo de este otoño parisino y su singular meteorología. Aquí resumo sus palabras.

Pregunta: Indagar sobre Regis Debray y Elizabeth Burgos, subversivos de los años sesenta, es penetrar en un laberinto poblado de pasiones, aventuras y secretos. Aun siendo usted su hija, le ha costado mucho tiempo hilvanar sus historias. Si le pidiera un retrato de ambos personajes, en pocas palabras ¿cómo los definiría?

Respuesta: Son personajes complejos y comparten una historia compleja, ellos han evolucionado a través del tiempo. Si los padres suelen ser personas cercanas, para mí, ellos siempre fueron extranjeros. Escribí este libro en un intento de indagar en sus vidas para entenderlos mejor y entenderme mejor.

P: Por lo que relata en su libro, pareciera que su vida ha estado signada por dos polos de atracción: Cuba y Venezuela. ¿Cómo ve al castrismo y al chavismo? ¿Cómo siente a esos dos procesos en la actualidad?

R: Hoy en día, ya es evidente que el castrismo ha logrado imponerse como modelo político y económico en Venezuela. Es un castrismo con casi 60 años de experiencia de ejercicio totalitario del poder, que ha logrado fusionarse con el modelo petrolero venezolano, generando esa “águila de dos cabezas” que es hoy Venezuela.

Venezuela es un país que vive del petróleo desde hace un siglo, y que tiene la cultura de adquirir todo fácilmente, mediante su “petrochequera”, sin producir casi nada.

El pragmatismo de Cuba y su proyecto geopolítico imperialista se puso al servicio de esa tendencia de la cultura venezolana, diseñándole a Chávez un método para la compra de adhesiones políticas y de paso, un modelo económico arcaico, el trueque, destruyendo la actividad económica del país al decretar la nacionalización de las industrias privadas. Pero lo que podría ser considerado como un fracaso del modelo económico castrista, el de transformar una economía floreciente en una verdadera ruina económica, como fue la destrucción de la industria azucarera en Cuba, y luego la de la industria petrolera en Venezuela, no es tal en términos de la lógica política castrista.

Después de haber logrado el exilio de los sectores opuestos a la dictadura, queda una mayoría, el “pueblo”, convertido en masa dócil, que va acostumbrándose a la penuria, y que da su aval al poder a cambio de una bolsa de comida.

Negociar, otorgando un espacio de democracia a la sociedad, significa ceder una parte de su “soberanía” y de su prepotencia. Así lo veo, lastimosamente sin solución.

Regis Debray y Laurence Debray

P: Regis Debray, al pasar del pensamiento a la acción, al menos se destacó de la generalidad de intelectuales de la izquierda francesa, de tendencia “filotiránica”, que arrellanados en sus sillas académicas o desde las animadas mesas de los bistrots, donde nadie los persigue por sus ideas, siempre han pretendido hacer revoluciones a distancia en el tercer mundo, sea en Asia, Medio Oriente, África o Latinoamérica, terminando estas en genocidios como en Camboya y en tiranías como la cubana y la venezolana.

Desde su punto de vista, ¿qué es lo que pretendían y aún pretende esa “izquierda enceguecida”, como bien la denomina usted?

R: La izquierda francesa ha conformado su imaginario político en la Revolución francesa y cree que todos los países deben pasar por esa fase con el fin de “emanciparse”. A ello se agrega la influencia marxista que ha sido muy fuerte en Francia en los años sesenta y que conlleva la idea del “internacionalismo proletario”. También pesa el pasado colonialista de Francia y detrás de este, el mito del “buen salvaje” del siglo de las luces.

El imperio colonial se vive hoy bajo la forma de la culpabilidad, lo que provoca un cierto sentimiento de condescendencia hacia los antiguos oprimidos por el colonialismo.

En cuanto a América Latina, esta le cae de maravilla, pues el antiamericanismo es una pasión que la izquierda radical francesa comparte con el castrismo.

Elizabeth Burgos y Laurence Debray

P: Su madre se deshizo de las ataduras del castro-comunismo posicionándose como una crítica analista del proceso cubano. Elizabeth Burgos no cesa de escribir, alertando sin cesar sobre el modelo aplicado por Cuba en Venezuela ¿Acaso su padre le ha comentado algo en relación a cómo Cuba y Venezuela terminaron convertidas en dictaduras despiadadas y sangrientas?

R: A mi padre no creo que le importe mucho la dimensión represiva de los regímenes que se autocalifican de izquierda. Tal vez lo vea como una fatalidad de ese tipo de procesos.

Porque el imaginario francés se divide entre aquellos que comulgan con el Club de Jacobinos cuyo presidente fue Robespierre, que desencadenaron el período del “Terror” y la otra corriente moderada, la de los Girondinos, moderada, opuesta al “Terror”.

P: En estos días, todos los diarios del mundo rememoran los cincuenta años de la muerte del Che Guevara y su fallida gesta en Bolivia, acompañado por Regis Debray, su padre.

Siendo la hija de dos revolucionarios y habiendo sido entrenada en las filas de los “pioneros” cubanos ¿Cómo pudo usted desconectarse del mito del Che Guevara, diseñado especialmente para la juventud?

R: Nunca practiqué la adoración del mito del Che Guevara. Mis padres nunca me lo inculcaron, nunca tuvieron un retrato ni del Che ni de Fidel Castro en sus casas.

He sabido que el apartamento en el que vivían en La Habana era el único en toda la isla en el que no habían fotos de Fidel ni del Che. Ellos no han sido parte del público que se alimenta de imágenes, ellos han sido actores políticos, gente de acción.

Por el contrario, como mi vida transcurrió en parte en España, mi único héroe es Juan Carlos I, rey de España, al que dediqué una biografía. Él es uno de los actores políticos más importantes del siglo XX, un héroe pacífico de la democracia.

Como puede ver, no me atrae la épica heroica y trágica. Soy un producto de lo institucional. Como lo explico en mi libro, el ejemplo de mis abuelos paternos cuenta mucho en eso. La historia de Francia tiene también muchos otros personajes importantes para escoger y seguir.

P: Si bien usted describe a sus padres como “electrones libres propensos al ocultamiento”, se refiere a sí misma “en búsqueda de la claridad, la transparencia y un lugar”, sin especificar a cuál lugar se refiere. ¿Existió o existe ese lugar? ¿Dónde está la luz y dónde la penumbra?

R: Todas las generaciones piden rendir cuentas a las generaciones anteriores. Es un proceso normal y saludable. A veces, a ellos les cuesta mucho porque no han sido acostumbrados a rendir cuentas a nadie ni a justificarse ante nadie. Han pensado más en la historia que en su propio legado o en su descendencia.

P: Al leer su apasionante relato sobre las aventuras revolucionarias de sus padres y la búsqueda detectivesca de sus rastros en la historia política latinoamericana, que le brinda el motivo para escribir sobre su exploración en busca de una identidad a través de una minuciosa descripción autobiográfica de su vida plena de nostalgias, alegrías, ganancias y pérdidas, queda pendiente una incógnita: ¿quién es usted?

R: Yo soy un producto de mi época, con preocupaciones conjugadas en tiempo presente. No tengo la pretensión de impactar el mundo, solo a veces de aclararlo.

Tengo la suerte de haber crecido en un medio intelectual interesante y abierto, en el que la democracia es un hecho inalterable, pero que siempre hay que cuidar. La vigilancia política es una prioridad.

“Nunca practiqué la adoración del mito del Che Guevara. Mis padres nunca me lo inculcaron, nunca tuvieron un retrato ni del Che ni de Fidel Castro en sus casas.”

P: En su libro, usted cita una frase de Félicien Marceau que resume muchas páginas, por eso le pregunto ¿en cuál de los dos pisos vive usted?

“-En primer lugar, ¿cómo está?

-Está bien.

-¿Él es feliz?

-Es libre.

-¿Es diferente?

-Es el piso de arriba”.

R: En el piso de arriba… Libre, desde luego. Una libertad que heredé de mis padres.

 

Tomado de www.edgracherubini.com

 

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