SE ACABÓ EL ODIO

Nunca voté por Chávez, porque eso de un presidente militar, o un militar presidente, siempre ha sido mala idea y peores los resultados. Ni voté por Maduro porque eso de un presidente impuesto a dedo tampoco me ha parecido nunca buena idea. Los adecos y los copeyanos lo hicieron varias veces, e igualmente los resultados nunca fueron buenos.

Pero sí he estado de acuerdo siempre con las decisiones que el Comandante Eterno tomó durante el tiempo que tuvimos la dicha de ser cobijados bajo su generosa égida, siempre velando por lo que tanto proclamaba: “la mayor suma de felicidad posible para todos los venezolanos, sin exclusiones” y “la soberanía alimentaria y económica para la patria de Bolívar, sin distingos de clases”. Eso me ha parecido lo más chévere, propio de estadistas, como lo fue él.

Haber puesto a Jaua y a Loyo a quitarles a los terratenientes sus tierras, que venían produciendo enormes cantidades de alimentos para su beneficio propio, me pareció estupendo. Los venezolanos estábamos comiendo demasiado, y corríamos el riesgo de graves daños a nuestra salud, con problemas de obesidad, diabetes, infartos, úlceras y todas las demás enfermedades relacionadas con el exceso de peso, como sobrecargar los ascensores de los edificios, mayor desgaste de cauchos y consumo de gasolina en nuestros carros, además del deterioro de la tapicería, etc.

Haber dejado que Bernal arruinara nuestro sistema de distribución eléctrica me pareció acertadísimo. Venezuela estaba consumiendo demasiada electricidad, y con ello, contaminando el ambiente y contribuyendo con el calentamiento global. Había que parar ese despilfarro. Además, las plantas procesadoras de aluminio en Guayana estaban consumiendo demasiada energía eléctrica, por lo cual fue una medida inteligentísima esa de reducir al mínimo, si no a cero, la producción de aluminio. Lo mismo podía decirse de las metalúrgicas.

Igualmente positiva, altamente positiva, me parece la gestión de alcaldes como Jorge Rodríguez, que pone a bailar a Caracas en festivales que bien merecen el astronómico gasto en que se incurre al producirlos. Ha revivido Rodríguez la inteligente política de los emperadores romanos al dar al pueblo “pan y circo”, complementado este último con unas cajas conteniendo algo de comida para completar el lema de Juvenal: panem et circenses.

El “concubanato” con Fidel y ahora con Raúl también me ha parecido siempre una genialidad. Los cubanos tienen chistes buenísimos, su música es bien sabrosa, y se parecen mucho a nosotros en su manera de ser: diligentes, amoldables a cualquiera situación, ingeniosos y jacarandosos. Nada que ver con los antipáticos gringos, que lo que hacen es pensar en trabajo, trabajo y más trabajo; que no duermen siesta ni rumbean, fríos y calculadores. Faltos de gracia, sus chistes son malísimos.

Y Diosdado es también uno de mis favoritos: siempre con el comentario atinado sobre su adversario político, con un lenguaje de altura y sin ofender, respetuoso y ponderado. Lo del garrote de plástico que esgrime en sus programas de la televisión nuestra es sólo para tener algo entre las manos (pues le incomoda mucho tenerlas vacías) mientras dicta cátedras de economía, política interior y exterior, educación, y cualquiera otro tema que se le ocurra.

Por eso aplaudo también la recién promulgada “Ley Contra el  Odio” (o como se llame) prohibiendo hablar mal de los que se sacrifican por nosotros desde sus cargos de gobierno.

Cumplamos la ley, hablando bien de ellos, y seremos felices.

 

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