EL PEREGRINO OLVIDADO

Adrián Guacarán fue símbolo de aquella Venezuela de esperanza, de solidaridad y de fraternidad que hizo de esta tierra un lugar donde convivir en paz con diferencias se hizo un modo de ser.

Aquella voz que resonó en el alma del país cuando de niño le cantó a Juan Pablo II se ha ido desvaneciendo desde mucho antes de que se produjera esta semana su muerte física.  Ha ido muriendo en esta etapa que ha intentado borrar el pasado y desechado los valores, la fraternidad y la ética.

Murió, así como mueren diariamente cientos de venezolanos, en un hospital público arruinado como lo está todo el país, implorando por medicinas, por una mano amiga que donara los medicamentos que requería para salvar su vida.

Adrián no entrará en las estadísticas de muertes violentas, su caso no aplicará como homicidio culposo y la razón de su muerte no conmoverá ni a Nicolás Maduro ni a la cúpula del chavismo que disfruta de un oasis de bienestar en el poder. Esa muerte no es razón para rectificar, o para aceptar las exigencias de la ONU y de la OEA de aceptar la ayuda humanitaria para salvar miles de vidas.

De muerte se ha dibujado el paisaje cotidiano. Los gritos de auxilio que se expresan en las redes sociales, en videos improvisados, en las aisladas expresiones de médicos y enfermeras, no alteran el mundo socialista creado por Chávez y Maduro.

Mientras Adrián agonizaba, en la OEA se presentaban testimonios de las víctimas asesinadas por los cuerpos de seguridad y colectivos oficialistas. Entre ellos estuvo el padre del joven de 17 años, Fabián Urbina, quién fue asesinado por la Policía Nacional. “Enfermarse es una sentencia de muerte” denunció ante los representantes de la OEA al referirse cómo su hijo salió a protestar luego de que su madre muriera por falta de medicamentos para el cáncer que padecía.

Pero la cotidianidad de la muerte sigue su curso. Tres venezolanos fueron asesinados para quitarles el celular mientras sobrellevaban su rutina normal de trabajo en la ciudad de Caracas.

Otro joven que hacía compras con su esposa e hijos fue detenido por policías del CICPC y asesinado de 8 disparos. La muerte del joven ingresará a las estadísticas oficiales como enfrentamiento y el expediente , denunciado por familiares, quedará enterrado en un en algún archivo de la Fiscalía.

La muerte de Adrián y de tantas personas nos obligan a recordar que una vez existió una Venezuela que celebró con esperanza y optimismo que un niño venezolano, de diez años de edad, pudiera conmover de tal manera a una figura tan prominente como la de Juan Pablo II aquel día de 1985 cuando le cantó “El Peregrino”.

 

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