LOS 100 MIL DE 2 MIL 17

Una tristeza profunda invade a quienes hasta hace poco sentían que Zimbabue estaba más lejano en su realidad que en la geografía

El golpe contra el tirano destructor nos recordó lo que éramos los venezolanos y en lo que nos han convertido. La hegemonía más poderosa de nuestra historia, Chávez y el chavismo, nos regresó a un siglo atrás, al país palúdico de Juan Vicente Gómez; palúdico, sin metáforas.

Luego del empleo brutal del aparato electoral del régimen para devaluar el voto a la nada, se devalúa a menos que nada lo que el gigante en su soberbia llamó el bolívar fuerte.

De estos momentos de postración, se quedará para siempre en la memoria la chanza y el asombro mientras pasa de mano en mano el billete de cien mil: no tiene los ceros, dice 100 MIL. Es la burla y el desprecio, el signo de un engaño del que sólo queda la represión y el miedo.

Entre tantos signos de la pudrición, este del billete de cien mil es un resumen. El dinero es la medida de todas las cosas, decía Aristóteles. Este papelillo que no compra ni la comida de un día es la medida de Hugo Chávez y su claque, el castigo de la soberbia y la expresión gráfica del fracaso más terrible de la historia.

Porque la comparación con Zimbabue y Mugabe es injusta, Venezuela y Chávez han sido infinitamente peores, pues el dictador senecto no dispuso en cuarenta años de lo que lo chavistas se gastaban cada año.

La destrucción económica es muy anterior y profunda que la caída del ingreso petrolero.

No se olvide jamás que ésta, la recesión más profunda y larga de la historia latinoamericana, comenzó cuando el petróleo se vendía a más de cien dólares. Es más profunda que el desarreglo macroeconómico, es la destrucción de la mínima confianza entre venezolanos que requiere el comercio y el trabajo. Que no regresará con arreglos macroeconómicos ni mejores ingresos solamente. La mentira como regla, el poder como verdad, el guiso como industria.

A un mes de las elecciones que demostraron lo bien que está el país, el gobierno insiste en unas negociaciones que sólo pueden interesarle si requiere de la oposición para la reestructuración de la deuda.

El país está quebrado, ahora sí de verdad verdad, jurídicamente, sin la Asamblea Nacional (la de verdad) parece que ni Putin soltará los cobres. ¿Esperanza?

 
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