EL FIN DE LA RELIGIÓN ELECTORAL

La incómoda y masiva abstención en las elecciones municipales del pasado marca el fin de la religión electoral en Venezuela. Con casi todas las gobernaciones y alcaldías del país rojas rojitas, con el Consejo Nacional Electoral y todos los poderes públicos maniatados, al servicio exclusivo de la revolución, Nicolás Maduro, dueño exultante del poder, ordenará a la Asamblea Nacional Constituyente convocar a elecciones presidenciales, las cuales muy probablemente ganará por aclamación general.

No importa su baja popularidad, la hiperinflación, las epidemias, la escasez, el dolor y la penuria nacional. Cuando el enemigo flaquea, hay que pisar el acelerador. Para algo se tiene el sistema electoral bajo control. Con 24 elecciones en 18 años, Venezuela pasará a ser una de las más perfectas y depuradas dictaduras electorales del planeta.

Tal vez algún día Maduro hasta llegue a ser recordado como los grandes dictadores africanos, como Teodoro Ogiang Nguema, de Guinea Ecuatorial, como Paul Biya, de Camerún, o como Robert Mugabe, de Zimbabue. El fin de la fe en el método electoral, sin embargo, deja finalmente al descubierto las perversiones del sistema político venezolano.

Hasta ahora, el culto a las elecciones democráticas sirvió como respaldo y sustento principal de la revolución bolivariana. Bajo la falsa premisa de que las dictaduras se acaban con votos, y con una imaginación política dramáticamente disminuida, los principales líderes y miembros de los partidos políticos de la oposición pensaron que la única acción permitida y posible, dentro de todo el inventario político existente en el universo, era la participación en elecciones, aunque las mismas estuvieran bajo el control y dominio de un organismo electoral al servicio de un omnipotente Estado petrolero.

Una y otra vez, en cada ocasión en que el país amenazó con liberarse del yugo gubernamental y la agitación popular abrió la posibilidad de una salida, el llamado a la paz y al método electoral logró apaciguar a la población y obligó a retornar a la gente al redil de la gobernabilidad.

Hoy vemos que el rasgado de vestimentas por la democracia no fue sólo el producto de la convicción y los principios éticos, sino que nuestros líderes políticos no sabían hacer más nada que competir en elecciones. Una versión alternativa del chiste del hombre que busca un objeto perdido bajo un farol porque es el único sitio en el que hay luz.

La realidad es que la participación en elecciones no distingue los regímenes democráticos de las dictaduras. La diferencia entre votar en uno u otro sistema es nula. La investigación académica descubre lo que el profesor Andreas Schedler llama autoritarismo electoral. Por la lógica de sus principios, la democracia es al contemporaneidad lo mismo que la religión al medioevo. Un asunto de fe.

Los datos recogen que entre 1945 y la actualidad el número de elecciones ha aumentado considerablemente pero la tasa de participación electoral bajo gobiernos dictatoriales es muy similar a la participación en democracia.

Ahora, en municipios controlados por el chavismo que le harán imposible la vida a los opositores, el desenmascaramiento del método electoral marca el fin de la ilusión y obliga a una reformulación de la resistencia. Quedan sólo tres vías. La sumisión, el camino de la violencia o una mayor creatividad en los métodos de la acción no violenta.

 

 

NOTA: Como en oportunidades anteriores cedemos nuestro espacio editorial a un artículo de especial relevancia. Ha sido editado para dar espacio a la diagramación.

 

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