Rafael Ramírez
AYER EMBAJADOR, MAÑANA CANTOR DE ÓPERA

Una de las características del actual régimen es su dramática carencia de gente con la cual ocupar los principales cargos gubernamentales.

Aquello parece el tradicional juego infantil de las “sillas musicales”, en el cual siempre las mismas personas rotan para ocupar las vacantes que se van abriendo en la alta dirección gubernamental. Es así como Jaua, Chacón, Istúriz, Ramírez, Arreaza, Jorge y Delcy Rodríguez, Alí, la Maniglia, la Faría, la Fosforito, el propio Maduro y unos pocos más han ocupado varias carteras ministeriales dando la impresión disyuntiva de que puedan ser superdotados que saben de todo o –contrariamente– que los designan en uno y otro cargo para ver si por casualidad dan la talla en alguno. Dígame usted cuántos ministros de Salud ha habido en los últimos lustros, o de Transporte, o de Infraestructura, etc., para que al final regresen los mismos que en otras carteras dejaron estrepitosos fracasos que vuelven a reproducir.

Para definir lo que es un buen colaborador (en este caso funcionario) lo que se debe es tomar en cuenta si ha dado o no fiel cumplimiento al objetivo que el jefe del Estado le ha encomendado. Vale decir, que no se trata de abrir juicio acerca de lo que a cada ciudadano –o a la ciudadanía en general– le parezca conveniente para la patria, sino tan solo al logro de las metas que desde Miraflores se le hayan fijado.

A la luz del razonamiento anterior podemos afirmar sin titubeo que Nicolás Maduro fue un canciller que cumplió fielmente con el mandato que le dio Chávez de destruir el despacho de Relaciones Exteriores, desmantelar la carrera diplomática profesional, poner la política exterior del país al servicio de una parcialidad partidista, etc. En la misma línea podemos afirmar que Alí Rodríguez Araque fue un eficientísimo intérprete de la orden de reventar a Pdvsa prescindiendo de su plantilla meritocrática; Jaua lo ha sido en su carácter de exterminador oficial de cada despacho que ha ocupado; Padrino López se ha lucido en transformar la Fuerza Armada Nacional, otrora profesional, en un cuerpo cuyo prestigio ha decaído a los valores mínimos de toda su historia, pasando de “Forjador de Libertades” a repartidora de cajas CLAP o custodia de sospechosos operativos aduanales, violadora de derechos humanos y otras menudencias, sin dejar de recordar –acariciándola con el pétalo de una rosa– a la inefable “Fosforito”, cuyo éxito en la pacificación y adecentamiento de nuestro sistema penitenciario recibe justificada aclamación universal.

Todo lo anterior sirve de abreboca para entrarle a Rafael Ramírez, merecido acreedor de un venidero premio Nobel de Química por el logro de haber convertido una de las mejores empresas del planeta en un antro de corrupción e ineficiencia que arroja como resultado el caso único (de libro Guinness) de haber colaborado eficazmente para poner en default y llevar al borde de la quiebra a una empresa estatal petrolera monopólica del país, miembro de la OPEP, bajo cuyo suelo se albergan las mayores reservas mundiales de hidrocarburos. Eso no lo hace cualquiera y menos aún ufanándose de haber convertido a Pdvsa del modelo de administración pública eficiente en una vergüenza “rojo rojita” cuyo déficit desangra al país y lo expone al bochorno internacional.

Ese es el mismo señor que hace apenas pocos meses alternaba la misión de defender lo indefendible en el Consejo de Seguridad de la ONU con vivir la vergüenza de recibir un “escrache” de compatriotas que lo increpaban en un lujoso restaurante de Nueva York del que salió indemne gracias a su inmunidad diplomática. Es el mismo que, interpelado una y otra vez, no dudaba en afirmar que la gestión de Pdvsa era un éxito evidente aun cuando la producción declinara año tras año mientras los recursos de la empresa se desviaban a la necesidad de la caja chica de la política gubernamental. Según Chávez y Ramírez ese fue y es el “éxito” de una Pdvsa del pueblo frente a los “apátridas” manejos de la Pdvsa de Alfonzo Ravard, Giusti, Lameda & Co. ¡El mundo al revés!

Quien se tome el trabajo de leer la inusualmente extensa carta de renuncia del hoy defenestrado ex embajador no demorará en darse cuenta de que en el seno de quienes mandan (que no es lo mismo que decir gobiernan) existe una lucha a cuchillo por distribuir las culpas y por echar mano a los despojos que aún quedan de la otrora joya de la corona. Hoy unos están presos, otros han huido, muchos enjuiciados en Venezuela y en el exterior también, etc. Mañana bien puede acontecer que los papeles cambien. Lo que en definitiva están haciendo es disputarse el timón del Titanic una vez que ya este chocó con el témpano.

Solo falta por ver aún si el concierto final que seguramente ofrecerá Rafael será en clave de tenor, bajo o barítono. Ya él lo anunció y no nos cabe duda de que habrá más de uno limpiando sus archivos y haciendo acopio de papel toilette en previsión de las arias operáticas que ofrecerá el otrora ductor de la política petrolera, convertido mañana posiblemente en entusiasta cantor de quién sabe qué repertorio.

 

 

 

 
Adolfo P. SalgueiroAdolfo P. Salgueiro

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