EN GRAN MEDIDA TRUMP HA GUARDADO SILENCIO CON RESPECTO A AMÉRICA LATINA. PROBABLEMENTE SEA ALGO BUENO

En las últimas semanas, el presidente Trump ha intercambiado amenazas nucleares con Corea del Norte, ha golpeado a Pakistán y a los palestinos y ha prometido apoyo para los manifestantes en Irán. Pero no ha dicho casi nada sobre la crisis que se está desarrollando justo en las puertas de Estados Unidos, la actual implosión económica, política y humanitaria de Venezuela, que probablemente sea algo bueno. En ese silencio, América Latina finalmente puede encontrar su voz.

El pasado verano Trump puso nerviosos a los líderes de la región al insinuar que Estados Unidos consideraría medidas drásticas contra el régimen populista y autocrático de Nicolás Maduro, incluido un boicot a los productos petroleros venezolanos e incluso una invasión militar. Fue un farol: desde entonces, la Casa Blanca ha aplicado más sanciones financieras al régimen, a la vez que ha aplazado las opciones petroleras y militares, y Trump mientras tanto ha pasado a otros asuntos.

Ahora, a medida que la crisis en la otrora próspera nación de 30 millones de habitantes se vuelve más difícil, se escuchan otras voces de Hispanoamérica que están proponiendo algunas de las mismas soluciones que causaron ondas de choque cuando se dijeron desde Washington.

La pasada semana, una de las figuras más respetadas de Venezuela, el economista y ex ministro de planificación Ricardo Hausmann, llamó la atención al sugerir una intervención militar de una “coalición de países amigos”, incluido Estados Unidos. Como lo señalaron rápidamente varios analistas, la idea es incierta por razones prácticas como políticas. Pero el hecho de que un conocido intelectual – Hausmann encabeza el Centro para el Desarrollo Internacional en la Universidad de Harvard – defienda el uso de tropas estadounidenses y extranjeras para derrocar a un gobierno sudamericano demostró cómo la crisis venezolana está rompiendo con generaciones de viejos tabúes políticos.

Al mismo tiempo, un estadista de alto nivel expresó su apoyo a una medida menos radical y más factible: una prohibición de parte de Estados Unidos al comercio de petróleo y sus derivados con Venezuela. Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, me dijo en una entrevista el jueves pasado que era necesario un embargo petrolero para obligar al gobierno de Maduro a negociar de manera seria con la oposición sobre una transición democrática en Venezuela. “Al final del día, se necesitará la máxima sanción y la más fuerte”, dijo. “Y así, que si estoy de acuerdo con un embargo petrolero”.

Una prohibición de las ventas de petróleo podría perjudicar temporalmente a algunas empresas y consumidores estadounidenses: las importaciones estadounidenses de petróleo venezolano, aunque disminuyeron sustancialmente desde hace una decada, fueron de casi 800.000 barriles por día el otoño pasado. Pero la sanción devastaría las finanzas del gobierno de Maduro que ya se encuentra en bancarrota y que depende de las ventas de petróleo para más del 90% de sus ingresos. El régimen ha tratado de diversificar sus clientes enviando petróleo a China, pero obtiene pocas divisas a cambio. También compra gasolina de los Estados Unidos, así como también aceite ligero para mezclar con su crudo pesado y hacerlo apto para la exportación.

Almagro no es el primer líder latinoamericano en apoyar un boicot: el presidente argentino, Mauricio Macri, respaldó la medida en una entrevista con el Financial Times en noviembre añadiendo que pensaba que tendría “un amplio apoyo” en toda América Latina. El Grupo de Lima, una coalición ad hoc de una docena de países que exigen un cambio en Venezuela, manifestó en su última reunión que podrían ser necesarias más sanciones contra el régimen, aunque no especificaron cuáles debían ser.

Que líderes regionales pidan una acción tan drástica de los EE. UU. Muestra lo mal que está la situación en Venezuela. El país literalmente está muriendo por falta de alimentos y medicinas: la mayoría de los venezolanos dicen que no tienen acceso a una alimentación adecuada, y las personas mueren por falta de simples antibióticos. Venezuela tiene la tasa de inflación más alta del mundo, más del 50% al mes. Almagro señala que ha producido más inmigrantes huyendo de la catastrofe, unos 4 millones, que Siria a Europa. Uno de estos, la ex fiscal general Luisa Ortega, dijo al Wall Street Journal el pasado mes que los organismos de seguridad del estado habían matado a 8.292 personas en solo dos años y medio.

Quienes rechazan un embargo de Estados Unidos se basan por lo general en que esto agravaría una de las crisis humanitarias más severas del mundo. Pero Almagro refuta esa opinión diciendo que, “La peor sanción que podría sufrir la población es tener 10 años más de la dictadura de Maduro”. “No hay nada peor que esto. Cualquier sanción que ofrezca la oportunidad de un cambio político genera una esperanza real”.

La salida, como lo ve Almagro, es presionar para obligar al régimen a permitir la “reconstrucción completa del sistema electoral” antes de una elección presidencial libre y justa. Admite que las probabilidades de éxito no están todas a nuestro favor: “Estamos desafiando la historia”, dice. Eso es cierto en más de una forma: no es frecuente que los latinoamericanos exhorten de esa manera a los EE. UU. Por una intervención tan contundente.

 

Jackson Diehl es editor adjunto de la página editorial de The Post. Es editor editorial especializado en asuntos internacionales y escribe una columna quincenal que aparece los lunes. 

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