MURIERON POR NOSOTROS… Y NO HICIMOS NADA

Día gris.

Siempre hay una llamada que nos alerta e informa que algo está pasando.

Ver por las redes sociales, iniciando la mañana del lunes 15 de enero, una impactante imagen: un hombre con su rostro ensangrentado, sus ojos muy claros, clamando libertad y el bien para los demás. Hablaba con insistencia y firmeza al oficial mensajero y mediador, ponía condiciones para entregarse y salir de aquella casa que sería su nicho de muerte. Nunca dijo: no me maten; en medio de la emboscada y la incertidumbre gritaba: “aquí hay un niño y civiles inocentes, no disparen”.

Al observar a ese hombre, la impotencia me embargó. Luego se escuchó otra voz de despedida, otro rostro y un hombre caído, sin comprender bien que sucedía, las afirmaciones no tenían explicación.

Vi aquel hombre de fe pronunciar: “Dios es nuestro escudo y nosotros somos su espada, la verdadera espada es todo el pueblo unidos”.

Luego, descubrí que él era un soldado, inspector o detective, entrenador de perros policías, buzo, deportista, poeta, actor, romántico, paracaidista, piloto, masón, ayudaba a niños con cáncer, en resumen, filántropo. Que se llamaba Oscar Alberto Pérez, de 36 años, con madre, esposa, tres hijos y sobradas ansias de libertad, imagen al espejo de muchos valientes o imagen de muchas almas inocentes y puras.

Cuando pasaron las horas, ni él ni sus compañeros de lucha aparecían, solo videos recorrían en  segundos millones de pantallas, todos supimos en un instante donde estaba este pequeño y grandioso ejército, sufriendo la ignominia de quienes ordenaron y actuaron para atacar a los seres que querían libertarnos, librarnos quizás de nuestros propios errores, de nuestras debilidades, como si fuera San Miguel Arcángel y su legión de Ángeles con su espada bendita arrasando el mal… Y NADIE HIZO NADA.

No tocamos pitos, cornetas, trompetas, campanas o cacerolas. No hondeamos banderas blancas ni nuestro símbolo patrio para que no los masacraran. ¿Dónde se escondió la valentía de la tierra de libertadores? No puedo borrar de mi mente el rostro del hombre ensangrentado como Cristo con su corona de espinas, cuántas espinas entraron en aquellos cerebros y corazones a minutos de ser crucificados. Todos visualizamos la antesala… Y NO HICIMOS NADA.

Comprendo ahora que los instantes y las oportunidades son únicas. Aquel infierno que padecieron esos seres hermanados, mientras sus verdugos los torturaban con el estruendoso ruido de las granadas y los disparos. Qué horror si existe el infierno o el purgatorio, allí purgaron el mal, se elevó su sueño de libertad como intensa oración a Dios, “VENEZUELA SERÁ LIBRE”.

Una mujer pariendo su primer vástago en medio de una balacera, este sacrificio inhumano y cruel, a un bebé que no sintió el beso de mamá, no vio su primer sol, le cegaron también su luz. Nos faltará vida para pedirles perdón y darles las gracias por su invaluable sacrificio… Y NO HICIMOS NADA.

Horas después los cuerpos inertes reposaban sobre su propia sangre, tendidos en un piso frío con un techo derrumbado, símbolo de destrucción a mansalva, lugar que antes pisaron seguramente con mucha vida, firmeza y convicción en sus ideales.

Este adiós que le damos hoy me permite recordar que los héroes no mueren, los pilotos tampoco, ellos vuelan más alto. Este adiós no cubre un nacer de nuevo ni borra el dolor de una madre, tampoco recoge las lágrimas de los familiares que perdieron un ser amado… Y NO HICIMOS NADA.

Quedará en la memoria histórica de la nación los recuerdos de estos seres valientes a quienes no conocimos… pero murieron por mí, por ti y por todos.

 

 

*Ligeramente editado por razones de espacio

 

 
Trinette Durán de BrangerTrinette Durán de Branger

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