AMÉRICA LATINA: DOS CAMINOS, DOS DESTINOS

En artículo reciente señalábamos que el fenómeno de la globalización económica atraviesa por un punto de inflexión.

Poderosas fuerzas contrapuestas apuntan simultáneamente a su relanzamiento y a su declive. Por un lado, el viento sopla a sus espaldas impulsándola hacia delante. Por otro, sopla a su frente, dificultando su movimiento y creando las condiciones para hacer que se detenga. Todavía es temprano para determinar cuál de estas fuerzas terminará prevaleciendo.

A favor de la globalización juega la convicción de que ésta tiene aún un papel determinante que jugar y muchos beneficios económicos por producir. Esta convicción se asocia esencialmente con las llamadas cadenas de suministro. Las mismas integran a los productores de recursos naturales y a los productores de manufacturas, en medio de un gran rompecabezas logístico que entraña el desplazamiento de bienes a través de grandes distancias. Se asocia, a la vez, con la tesis de la distribución internacional del trabajo, según la cual cada economía debe concentrarse en aquello que hace mejor dejando a otras lo que no sabe o no puede hacer bien.

China encabeza a quienes pugnan por dar un segundo aire a la globalización, dentro de una lista que incluiría a aquellos países de Asia, África y América Latina que se benefician de la exportación de materias primas o de mercancías de mano de obra intensiva. Aquí convergen también instituciones y agrupaciones políticas así como intereses económicos, provenientes del mundo desarrollado, que por razones ideológicas o por beneficios económicos, creen en una economía mundial integrada.

En contra de la globalización juega no sólo la creencia de que ésta ha generado el desplazamiento económico de ingentes cantidades de seres humanos, sino también los avances tecnológicos que apuntan a la obsolescencia de las cadenas de suministro y de la distribución internacional del trabajo.

Lo primero genera la convergencia de poderosos movimientos políticos de izquierda y extrema derecha que, desde Europa y Estados Unidos, buscan atrincherarse en líneas nacionalistas.

Lo segundo tiende hacia la producción, cerca del punto de consumo, no sólo de mercancías, sino también de energía limpia, alimentos y sustitutos a las materias primas. Esto último brindaría sustento a la posibilidad de un mundo desarrollado crecientemente autárquico que, por extensión, conllevaría a su desacoplamiento con el mundo en vías de desarrollo.

Bifurcación

Recurriendo a un símil podríamos hablar de una carretera que se bifurca. Uno de los dos nuevos caminos seguirá su curso y conducirá a un destino. El otro, sin embargo, se acabará antes de llegar a ningún lado. El problema es que no se sabe cuál es el camino bueno. Ello dificulta cualquier visión estratégica por parte de América Latina.

Si el futuro viniese dado por un claro relanzamiento de la globalización, nuestra región sabría que debe tomar iniciativas para insertarse tan eficazmente como sea posible dentro de un ámbito comercial internacional. A la inversa, si se avanzase abiertamente hacia un desacoplamiento entre las economías desarrolladas y en vías de desarrollo, América Latina sabría que debe comenzar a dar forma a estructuras económicas tan autárquicas como pueda.

Habida cuenta que el mayor estímulo a la globalización proviene de Asia del Este y se ubica en la Cuenca del Pacífico, toda iniciativa proglobalizadora debería apuntar en esa dirección. La Alianza del Pacífico, la Asociación Transpacífica, los acuerdos de libre comercio con ASEAN y, sobre todo, el fortalecimiento de vínculos con China, constituirían iniciativas de indudable sentido común en un escenario signado por este camino.

Por el contrario, relanzar con fuerza la integración económica latinoamericana, colocar barreras a los productos importados, identificar nichos productivos fuera del ámbito de los avances tecnológicos que se avecinan, proyectarse en el ámbito de las economías comunales y endógenas, serían opciones apropiadas en un escenario signado por la autarquía regional. Ello, desde luego, en adición a profundas reformas educativas que tiendan hacia la creatividad y a la promoción de  talentos nacionales y regionales.

Es obvio, sin embargo, que en ausencia de indicadores más precisos no queda otra opción que la de avanzar en ambas direcciones, sin quemar nuestras naves en función de ninguna de ellas. En otras palabras, seguir trabajando al servicio de la globalización económica pero, al mismo tiempo, ir propulsando una integración económica regional más sólida, promoviendo ambiciosas reformas educativas que apunten a la creatividad regional y local, apuntalar nichos productivos endógenos y comunitarios, etc.

Una vez que las fuerzas en pugna se decanten y sea más fácil saber cuál es el camino que lleva a algún destino, podremos entonces poner el énfasis en uno u otro sentido. Es decir, volcar nuestros esfuerzos en una dirección precisa.

 

Tomado de www.eluniversal.com

 
Alfredo Toro HardyAlfredo Toro Hardy

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