OTRO SUICIDA EN LA HABANA

Castro Díaz-Balart personificaba la fractura de la nación cubana. Su padre era el líder histórico de la Revolución y su madre, exiliada en Madrid, pertenecía a una de las familias protagónicas del antiguo régimen, la dictadura de Fulgencio Batista

No serán los filósofos, los historiadores o los politólogos quienes tendrán la última palabra en el drama de Cuba: serán los psiquiatras.

Las estadísticas sobre la enorme cantidad de suicidios per cápita en Cuba no engañan: en ese país del Caribe la historia dio un giro trágico que quebró familias, propició un cuantioso exilio y demandó enormes sacrificios, que, al final, incubaron la depresión y la neurosis de cientos de miles.

El suicidio de Fidel Castro Díaz-Balart, hijo primogénito de Fidel Castro y Mirtha Díaz Balart, su primera esposa, es un evento que habrá que agregar a los múltiples indicios de cambio de época que vivimos en los últimos años. Un cambio de época que no se traduce necesariamente en un cambio de régimen, pero que proyecta una profunda mutación cultural y social, con implicaciones en todos los niveles de la vida.

Castro Díaz-Balart personificaba la fractura de la nación cubana. Su padre era el líder histórico de la Revolución y su madre, exiliada en Madrid, pertenecía a una de las familias protagónicas del antiguo régimen, la dictadura de Fulgencio Batista. Su hermano, Rafael Díaz-Balart, tío de Fidelito, fue congresista, viceministro del Interior de Batista y, luego, uno de los fundadores del exilio anticastrista en Miami. Sus hijos, Lincoln y Mario, han sido congresistas republicanos en Washington, firmemente comprometidos con la hostilización y el derrocamiento del régimen cubano.

Los medios oficiales cubanos, generalmente opacos en estos asuntos, han sido excepcionalmente claros y directos esta vez. Han dicho que Castro Díaz-Balart sufría una profunda depresión en los últimos tiempos, que desembocó en el suicidio. No hay que ser psiquiatra para relacionar dicha depresión con la coyuntura histórica de la larga convalecencia de su padre, desde 2006, su muerte en noviembre de 2016, la sucesión de poderes a favor de su tío Raúl y la nueva sucesión, en puerta, en abril de 2018.

En Castro Díaz-Balart deben haberse juntado todos los síntomas de la orfandad del heredero. En muy poco tiempo, su entorno cambió dramáticamente. El gobierno de su tío alteró no pocas reglas del juego dentro de la clase política cubana y puso a circular las élites.

El científico, egresado de la Universidad Lomonosov de Moscú, perdió visibilidad y vio como sus medios hermanos, hijos de la última esposa de Fidel, y sus primos, los hijos de Raúl, alcanzaban protagonismo en la nueva imagen del poder.

Su mundo seguro y feliz, el del fidelismo soviético, quedaba cada vez más lejos de la Cuba semi-capitalista del siglo XXI. El suicidio de Castro Díaz-Balart es otra evidencia de esa metamorfosis del socialismo cubano. La historia del siglo XXI acelera su paso sobre el Caribe y personas como Fidelito, van quedando fuera de lugar, dislocados. Unos asimilan el cambio y se adaptan, otros no.

No sé si en la mente, la imaginación o el deseo de Castro Díaz-Balart hubo, alguna vez, una expectativa de heredar o suceder a su padre. Lo que sí sabemos es que, en algún momento, se le concedieron funciones de peso en la dirección científica y energética del país. Esos roles fueron limitándose progresivamente en los últimos años.

La reticencia a reconocer públicamente los altos índices de suicidio por parte del gobierno cubano se debe a una acumulación de prejuicios ideológicos y morales, que chocan con la compleja realidad de la sociedad contemporánea. La estigmatización del suicida, en Cuba, debe lidiar ahora con la muerte por su propia mano del hijo mayor del “invicto” Comandante en Jefe.

 

 

 
Rafael RojasRafael Rojas

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